jueves, 2 de diciembre de 2010

EL PRIMER SIGLO CRISTIANO COMO HISTORIA JUDÍA (II)

La época de la destrucción

1. El gobierno de Roma
Flavio Josefo
En gran parte gracias a Josefo, conocemos ampliamente la historia del control de Judea por Roma en la época anterior a la destrucción. Roma no vino a Judea como un tirano; pero sin embargo se convirtió en eso. Había empezado confirmando a los judíos en sus privilegios individuales y corporativos, y terminó sembrando frustración, inseguridad y rebelión por medio de sus títeres, procuradores y publicanos. Su objetivo inalterado era asegurar estabilidad en la tierra que servía de vínculo vital para su imperio de tres continentes; pero su logro fue la creación de una impaciencia que no se podía detener. Cada década sucesiva del primer siglo vio encenderse las llamas de la rebelión con creciente frecuencia y violencia, hasta que en el año 66 se unieron en una guerra a gran escala contra Roma.[1]

Roma ejercía un estricto control sobre la vida política de Judea y aunque, de forma directa o por medio de sus títeres, decidía cuándo el Sumo Sacerdote podía ponerse sus vestiduras sagradas,[2] interfería poco en la vida interna de los judíos. Mientras el Imperio Romano controló Judea, la Torá se mantuvo como constitución de esa tierra. Paulatinamente, tal vez ya desde una década antes de la llegada de los romanos, en el año 63 a. EC, y sin duda no muchas décadas después, la autoridad para interpretar la Torá pasó de la aristocracia sacerdotal, conocida como los saduceos, al movimiento popular de los fariseos.

2. El liderazgo de los fariseos[3]
Los orígenes de los fariseos están cubiertos por la oscuridad. Emergen de la leyenda sólo después de la revolución de los Macabeos de los años 168–165 a. EC, y su primera historia es una pugna continua con los saduceos por el control de la vida judía. Parece que se mantuvieron en la cresta del poder mientras duró la revolución, que fueron casi destruidos durante los reinados de Juan Hircano (135–104) y Alejandro Janeo (103–76), y volvieron al predominio político con Salomé Alejandra (76–67). Lamentablemente se conoce poco acerca de las actividades de los fariseos en el siglo primero a. EC; los primeros datos ciertos acerca de sus instituciones y de sus ideas datan del final de ese siglo y el comienzo del primer siglo d. EC

Los fariseos y los saduceos se diferenciaban principalmente por su manera de considerar la Torá. Los saduceos eran constructivistas estrictos, ajustados a la letra de la palabra escrita. Los fariseos eran constructivistas relajados, que insistían en que la palabra de la Ley se debe subordinar a su espíritu. Ya que no podían cambiar la Ley, desarrollaron un sistema para interpretarla, que llamaron la tradición oral o la Ley oral. Reclamaban que la ley oral había sido revelada a Moisés junto con la Torá escrita, que había sido utilizada para interpretar la Torá durante todas las generaciones anteriores, y que en virtud de su doble conocimiento ellos eran los portavoces legítimos de su tradición. En sus interpretaciones, los primeros fariseos manifestaron liberalismo e igualitarismo; su política parece haber sido la subordinación de la ley a las necesidades humanas: la ‘consideración por la gente’,[4] como lo presenta Josefo, era primordial en sus mentes. Esto, tal vez más que cualquier otro factor, les permitió ganarse la lealtad de la gran mayoría del pueblo.[5]

3. Las doctrinas fundamentales de la tradición oral
Tres doctrinas fundamentales de la tradición oral y sus corolarios –todas opuestas rigurosamente a la de los saduceos- tuvieron un papel esencial en el pensamiento y en la actividad de los judíos del primer siglo. Estas eran: primero, el sistema de Mitzvot; segundo, el Mundo por venir; tercero, la Resurrección de los muertos. Todas estas incluían ideas antiguas mezcladas con ideas nuevas.[6]

De acuerdo a los primeros rabinos, cada hombre estaba obligado a cumplir con los mandamientos de la doble Torá: estos eran las mitzvot. La tradición posterior contó seiscientas trece mitzvot que el hombre debía observar en el día a día. En cierta forma, los líderes de la tradición oral consideraban las mitzvot como sacramentos; tal como Jesús las conoció y en las que creyó, todas ellas, grandes o pequeñas, debían realizarse con igual fervor, ya que según los maestros de la tradición, “No sabes qué recompensa te traerá la realización de las mitzvot”.[7] La recompensa o, en caso de omisión, el castigo, serían repartidos, si no en la tierra, en la otra vida del alma, en el mundo por venir (olam ha-ba). Los fariseos habían concebido el mundo por venir como una respuesta a los problemas de teodicea que el Pentateuco y los saduceos habían dejado sin resolver, especialmente para los menos privilegiados. Además, los fariseos prometieron que los justos -aquellos con un elevado saldo de mitzvot en la pizarra celestial- serían favorecidos con la resurrección corporal al final de los días.

El objetivo de este sistema de pensamiento era, pues, de redención y profundamente escatológico. Aunque no podemos establecer exactamente qué creencias tenían los fariseos de la época anterior a la destrucción con respecto al final de los días, el término ‘reino de los cielos’, tan importante en la literatura rabínica, parece claramente haber formado parte de su cuadro conceptual,[8] pero no se puede establecer cómo la tradición oral se relacionó con las ideas mesiánicas que se habían estado desarrollando en Judea durante varios siglos. Una cosa parece segura: cualquiera que haya sido la relación, la posición del liderazgo fariseo anterior al año 70 d. EC impidió que se enfatizaran los ideales mesiánicos.

4. Las divisiones y sectas entre los judíos del primer siglo
La doble Torá fue esencialmente una ideología para épocas estables, y los fariseos y muchos de sus seguidores gozaban de esa vida estable en las primeras décadas del primer siglo. Encargados de la ley, y llenos de prerrogativas y privilegios en la tributación, el liderazgo de los fariseos se desarrolló hacia una fuerte elite académica. Alejada social e intelectualmente del pueblo, esta elite se convirtió en la defensora de la posición de Roma y en la voz de la subordinación al Imperio.

Sin embargo, durante estas mismas décadas, la opresión y la inseguridad cada vez mayores convirtieron la vida en una pesadilla para algunos círculos cada vez más amplios de la población rural y urbana de Judea, y los portavoces del statu quo no podían dar una respuesta adecuada al dilema de los afligidos. Cuando el dolor y el hambre minaron sus fuerzas y obstaculizaron la realización de las mitzvot, unos se retiraron de la sociedad, otros buscaron una explicación para su suerte en la ideología del mesianismo, y otros tomaron ambos caminos.

La tradición mesiánica hablaba de la injusticia, los problemas y la angustia que presidirían el advenimiento del fin de los tiempos. Consecuentemente, trajo a los de abajo un mensaje de esperanza: aunque oprimidos, no habían sido rechazados; ellos habían recibido la señal para poder prepararse adecuadamente para la gloria próxima. Los realmente rechazados podían estar seguros de que eran sus complacientes líderes –‘los fariseos’ de los evangelios sinópticos-, indiferentes en su iniquidad, y para quienes la llegada intempestiva del Mesías sería la cancelación de sus privilegios y prerrogativas.

La diferencia entre los oprimidos y los líderes fariseos se puede observar bien en el caso de la clase de pequeños granjeros, los «am ha aretz», quienes habían sido uno de los soportes de los fariseos para subir al poder. Al comienzo de la guerra contra Roma, la palabra «am ha aretz» había empezado a connotar la idea de ‘rústico’ y ‘patán’ para los líderes fariseos, y la antipatía entre los dos grupos se hizo tan violenta que al final del siglo Rabbi Eliézer pudo decir que estaba permitido matar a un patán incluso en un día del Perdón (Yom Kippur) que cayera en Sábado.[9]

Una ideología es estable en la medida en que lo es la sociedad que la apoya. Incluso en épocas de máxima estabilidad, una sociedad engendra tendencias centrífugas, directamente relacionadas a las necesidades humanas. En épocas inestables, estas tendencias se canalizan en movimientos. Las fuentes nos muestran la aparición, casi de manera concurrente, de varios grupos (algunos, sin duda, con fundamentos anteriores), todos respondiendo a las presiones de la época por medio de la ideología de la Torá, y muchos por medio de las doctrinas básicas de la tradición oral.[10]

Existieron grupos que buscaban refugio para el naufragante barco de la sociedad en una vida monástica, segura y regulada, indiferente a la búsqueda de ganancia y a la gratificación sensual, y preocupada por la pureza del cuerpo y del alma, la práctica de la ética y un régimen de contemplación, oración y estudio de la Ley. Grupos tales como los esenios, los representados en el Documento de Damasco, y la secta o sectas de Qumrán, son sorprendentemente similares entre ellos, y también similares a los Terapeutas, que según Filón, florecieron en Egipto dos siglos antes. Se diferenciaban entre ellas principalmente en detalles, tales como la extensión de su ascetismo, la duración de su noviciado, y la naturaleza de su gobierno. Los esenios incluían a grupos rurales y urbanos, la mayoría célibes, y algunos que formaban familias; otros grupos no tenían restricciones en relación a las mujeres. Los esenios en general eran pacifistas; los sectarios de Qumrán, en cambio, aparecen con cierta inclinación militarista. La mayoría de estos grupos creían firmemente en la llegada de un Mesías. Nuestras fuentes judías sobre los esenios hablan de su creencia en la inmortalidad del alma, pero nada sobre su escatología. El escritor cristiano Hipólito, a finales del segundo siglo o principios del tercero, nos cuenta en La Refutación de las Herejías que los esenios creían en la resurrección del cuerpo y en la llegada del día del Juicio.

El sentimiento apocalíptico era muy fuerte entre estos grupos y en otros que no se habían retirado del vértigo de la sociedad. Su creencia implícita en la Torá iba acompañada de la certeza de que los escritos de los profetas estaban destinados a la escena contemporánea. Estaban convencidos de que vivían en lo que la Misná llamará las “huellas del Mesías”, y buscaban afanosamente el advenimiento del nuevo orden. Los escritos están llenos de visiones de venganza y realizaciones que compensarán la triste realidad de sus vidas.[11]

Las doctrinas de los apocalípticos son a menudo similares a las de la tradición oral; los autores de algunas de las visiones pueden muy bien haber sido partidarios de la doble Torá. Las dos tradiciones no tienen necesariamente que haber sido mutuamente excluyentes, por más hostiles que hayan sido sus respectivos grupos líderes. El mismo cuerpo de doctrinas que sirvió a los fariseos como fuente de estabilidad puede haber sido tomado por los apocalípticos para servir a gentes en la agonía de la desesperación. En verdad, algunas de las doctrinas de Jesús están muy cerca de las de un ‘fariseo apocalíptico’.

La militancia de la comunidad de Qumrán se evidencia en muchos otros grupos que buscaban terminar con la opresión por medio de una llamada a las armas. Entre estos estaban la Cuarta Filosofía, los Sicarios y los Zelotas. Considerar cualquiera de estos grupos como puramente político es imponerles categorías modernas. El elemento que llamamos religión era esencial para todos ellos. La ‘Cuarta Filosofía’ es conocida por haber compartido las ideas fariseas y por haber peleado bajo el lema de que sólo Dios es el Soberano y el Señor; y plataformas similares fueron sin duda tomadas por otros grupos.[12] Hipólito llega incluso a identificar a los zelotas y a los sicarios con los esenios.

Por más similares que hayan sido estos grupos entre sí al responder a las circunstancias del momento, no existe ninguna certeza para asumir que estuvieran conectados institucionalmente. Sus programas y plataformas tienen una semejanza incuestionable. Sin embargo, un estudio de los subgrupos de todos los grandes movimientos de la historia (las revoluciones macabea, francesa y americana, y el movimiento contemporáneo de derechos civiles de los Estados Unidos son cuatro de cientos de posibles ejemplos) demuestran convincentemente que la afinidad de creencia y propósito no significa necesariamente la identidad del liderazgo.

Esta concepción se ha hecho cada vez más importante desde el descubrimiento de los rollos del Mar Muerto.[13] Aunque los rollos no hubieran servido al historiador del judaísmo para otra cosa, por lo menos lo han consolado demostrando que las frecuentes alusiones crípticas de la literatura rabínica temprana no son lo más difícil de descifrar. Las referencias crípticas de los rollos a personajes y eventos son altamente resistentes a una reconstrucción histórica desinteresada, y sigue resultando problemático establecer certezas acerca de la historia y del alineamiento de las instituciones que allí aparecen. Incluso la datación de los mismos exige bastante amplitud.

Si los rollos se pueden situar en cierta manera dentro del periodo de nuestro interés, ya habrán contribuido en dos áreas importantes: primero, a nuestro conocimiento del calendario,[14] prácticas, instituciones, pensamiento y valores del grupo o grupos que pueden haber influido sobre el cristianismo emergente; y segundo, a nuestro reconocimiento de la complejidad y diversidad de las subideologías conectadas con el concepto de Torá y de la doble Torá durante la época anterior a la destrucción.

5. Instituciones básicas de la época anterior a la destrucción
La primera entre estas era el sacrificio del Templo en Jerusalén, atendido por los sacerdotes pero supervisado durante el primer siglo por los defensores de la doble Torá. Los líderes fariseos agregaron un elemento nuevo al servicio. El estamento de los sacerdotes tradicionalmente estaba dividido en veinticuatro grupos, que se alternaban en el servicio litúrgico, y cada uno oficiaba durante una semana. Los fariseos crearon veinticuatro grupos o turnos, conocidos como «ma’amad», que se correspondían con los de los sacerdotes. Cada uno tenía autorización para mantener algunos observadores en los sacrificios durante una semana entera. El resto de la «ma’amad» se reunía diariamente en el salón de la comunidad para realizar lecturas y oraciones apropiadas.[15] Esto, además de modificar la costumbre de épocas anteriores, proporcionó la situación más propicia para el nacimiento de una institución desconocida en la literatura hasta los días de Ben Sira, y que se llama, en el judaísmo posterior, ‘la casa de estudio’ (bet-ha-midras), y la ‘casa de oración’ (bet-ha-tefil-lah), una institución que conocemos a través del griego como ‘sinagoga’. (Es probable que la palabra ‘sinagoga’ se haya referido primero a la congregación misma que se reunía con propósito de orar más que al edificio donde se reunían). Durante el primer siglo, las sinagogas florecieron en toda Judea y en el exterior: había una incluso en la Sala de Salomón del Templo.

Ya antes de conseguir el poder, parece que los fariseos establecieron organizaciones y escuelas para la transmisión y desarrollo de la tradición oral, y sentaron las bases para un sistema de tribunales locales. En la cima de esta estructura estaba el bet-din ha-gadol, el Gran Tribunal, que no debe confundirse con la corte suprema Gran Sanhedrín, anterior al año 70, que estaba presidida por un saduceo, el Sumo Sacerdote mismo. Si la tradición recogida en la Misná es correcta, un oficial conocido como el Príncipe o Patriarca (Nasí) presidía el Gran Tribunal. Representaba a la facción mayoritaria del partido fariseo; su vicario, denominado el Padre del Tribunal (av bet-din), representaba al grupo minoritario. La Misná registra los nombres de cinco de estas ‘Parejas’ (zugot), que terminan con los conocidos Hillel y Shammai, a los comienzos del primer siglo. En unos casos, el Nasí parece haber sido conservador; en otros, sobre todo a partir de mediados del siglo primero a. EC con el reinado de Salomé Alejandra, parece que el líder del ala liberal encabezaba todo el partido. El título de rabbi (originalmente ‘mi maestro’) parece haberse convertido en la designación oficial de los maestros de la ley dentro del tribunal y sin duda fuera de él; el Nasí era llamado rabban (‘nuestro maestro’)

6. La halajá
De las instituciones de los fariseos surgieron grandes logros ideológicos para el judaísmo en la época anterior a la destrucción: el desarrollo de la Ley Oral en recopilaciones de procedimientos y prácticas. Estos procedimientos y prácticas se conocen como halajá.[16]

En los círculos judíos de hoy, la palabra halajá ha adquirido una connotación de aseveración perentoria o de una ley concluyente. Esta no es la connotación o la función de la halajá durante el primer siglo. La halajá representó la aplicación de la dinámica y liberalizadora Tradición Oral a las exigencias de la vida diaria. Tradicionalmente se dice que halajá es un regreso al Sinaí, y por eso ciertas prácticas que no se pueden atribuir a maestros posteriores, son llamadas ‘Halajot dadas por Moisés desde el Monte Sinaí’.[17] Sin duda, explicaciones tradicionales de la Ley Escrita habían existido en tiempos bíblicos y en la época hasmonea, pero estas se pueden llamar ‘halajot’ solamente de modo retrospectivo desde el primer siglo, cuando la práctica rabínica tal como la conocemos hoy comenzó su exuberante crecimiento.

A modo de tentativa, podemos dividir la compleja historia de la primera halajá en cuatro etapas sucesivas pero cronológicamente superpuestas, de forma que cada una coexiste un tiempo con su sucesora.

En primer lugar, comenzando con el período de los hasmoneos (150 a. EC), o tal vez un poco antes, los fariseos adoptaron primero interpretaciones ad hoc de la Torá, enunciaron otras y comenzaron a transmitirlas por medio de la tradición oral.[18]

Segundo, comenzando con el período romano (64 a. EC), los fariseos desarrollaron nuevas halajot a partir del Pentateuco mediante la exégesis (o midrás en su primer sentido). Los primeros fariseos conocidos como exegetas fueron Semayá y Abtalión, quienes tuvieron su apogeo alrededor de año 50 a. EC[19] Pero el mayor impulso a la actividad exegética lo dio Hillel de Babilonia, príncipe o Nasí desde alrededor del año 34 a. EC hasta el año 10 d. EC Hillel presentó el uso efectivo de la primera de las reglas hermenéuticas por medio de las cuales evolucionó la halajá. La presentación de estos principios hizo posible desarrollar la Ley Oral tanto por lógica como por tradición de autoridad, dando incluso preferencia a esta autoridad, y las fuentes muestran evidencias de la lucha entre los tradicionalistas y los exegetas.[20]

Tercero, comenzando en los últimos días de Hillel, y continuando hasta la destrucción, se dio la proliferación de la halajá y la lucha por su control entre las alas liberales y conservadoras del partido fariseo: los hillelitas y los shammaítas respectivamente. La literatura guarda más de trescientas de sus controversias.

Cuarto, poco después de la destrucción del templo, comenzó un programa para controlar la dirección del crecimiento halájico, al someter la halajá a la nueva autoridad centralizada que se estaba desarrollando en el judaísmo. Esta tendencia culminó entre finales del segundo siglo y principios del tercero con la compilación de la Misná bajo el auspicio de Rabbí Judah el Príncipe (circa 217 d. EC).

Los hillelitas liberales eran universalistas y ardientes partidarios de Roma; los shammaítas conservadores eran nacionalistas y, como mucho, ambivalentes hacia Roma. Los shammaítas parecen haber realizado la revolución contra Roma a mediados de los sesenta y, en el furor temprano de la rebelión, haber arrebatado el poder a los hillelitas. En una especie de Parlamento, reunido por el líder shammaíta, Hananíah ben Hezekiah ben Gorion, en la ‘estancia superior’ de su casa (lo cual da pie, supongo, para que se la llame la primera Conferencia Cumbre), los shammaítas, que estaban en mayoría frente a los hillelitas, promulgaron decretos a su favor.[21]


[1] Los trabajos básicos para esta historia son, por supuesto, las historias de Josefo, las historias judías mencionadas en la nota nº 2 y Emil Schürer, Historia del Pueblo Judío en tiempos de Jesús, 175 a.C.-235 d.C., Madrid 1985. También recientemente, L. Suarez, Los Judíos, ed. Ariel, Barcelona 2003.

[2] Ver Flavio Josefo, Antigüedades Judías, XX, 1.2., edición española de José Vara Dorado, ediciones Akal, 2 vols. Madrid 1997.

[3] Los fariseos, mencionados por Josefo, el Nuevo Testamento, los Padres de la Iglesia, y la literatura de los primeros rabinos en contextos sorprendentes y muchas veces contradictorios, han sido objeto de numerosos artículos y varios estudios completos. Sobresalen entre estos últimos The Pharisees de R. Travers Herford (London, 1924), The Pharisees 2 vols. de Louis Finkelstein (Philadelphia, 1938, 3ª ed., Philadelphia, 1962), Oppenheimer A., “Sectas judías en tiempos de Jesús: fariseos, saduceos, los ’Amme Ha-’Aretz”, en Piñero, A. (ed.) Orígenes del Cristianismo. Antecedentes y primeros pasos, Córdoba- Madrid 1991, pags. 123-133.

[4] Ver Flavio Josefo, La Guerra Judía II, 8.4. Edición española: Las Guerras de los Judíos, 2 vols. Ed. Clie, Terrasa 1998.

[5] Antigüedades XIII, 10.6.

[6] Ver Enciclopedia Judaica, Keter Publishing House, Jerusalén 1971-72, 16 vols., ver Judaism vol. 10 col. 383 ss. y Rabbinate vol 13 col 1445 ss., y Carmen Herranz Pascual, Los Sabios del Talmud, Ed. Riopiedras, Barcelona 1997.

[7] Abot II.1. y IV.2 y Mt. 5,19.

[8] Ver Judaism de George Foot Moore, última edición Massachusets 1997.

[9] B. Pesajim 49b. La afirmación hay que entenderla, en virtud del contexto, como una especie de metáfora para denotar exageradamente el poco aprecio y la consideración del ‘patán’ como si fuera una bestia.

[10] Ver F. García y J. Trebolle, Los Hombres de Qumram, ed. Trotta, Madrid 1997 y J. Trebolle (coordinador), Paganos, judíos y cristianos en los textos de Qumram. Literatura, estructura social y concepciones religiosas, ed. Trotta, Madrid 1999.

[11] M. Sotah IX 15.

[12] Antigüedades XVIII 1.6 y XX 5.1 y 8.6, donde Josefo habla de los autoproclamados ‘profetas’ que aparecieron durante los aciagos días de antes de la guerra, fenómeno perfectamente comprensible a la luz de conceptos contemporáneos.

[13] Ver F. García Martínez, Textos de Qumram, Madrid 1993.

[14] El problema del calendario, crucial para el entendimiento del desarrollo del judaísmo y del cristianismo ha atraído desde hace mucho la atención de los estudiosos. Ver Encyclopaedia Judaica,calendar vol. 5 col. 43 ss.

[15] M. Ta’anit IV 2-4.

[16] Halajá como lo usaban los primeros rabinos debe diferenciarse de ley y práctica encontradas en libros anteriores. No existe duda de que existieron costumbres y prácticas anteriores y a menudo diferentes a aquellas de los primeros rabinos, pero no existen bases para llamarlas halajá; simplemente no se usa el término.

[17] Ver P.Peah II 6; M.Peah II 6; Eduyot VIII 7, Yadaim IV 3.

[18] Sobre la ‘cadena’ o más bien ‘cadenas’ de tradición, ver Abot I: 1; Yadaim IV 3; B. Rosh Ha Shanah 7a ,19a; Hagiga 10b; Genesis RabbaS.7, etc.

[19] B.Pesajim 70b. A Shemaiah y Abtalion se les identifica a menudo con los Sammeas y Pollino de Josefo (Antigüedades XV, 1.1).

[20] Ver Miguel Pérez, Literatura Rabínica en G. Aranda Pérez—F. García Martínez—M. Pérez Fernández, Literatura intertestamentaria, Estella 1996, pags. 417-562.

[21] M. Shabat I. 4.

EL PRIMER SIGLO CRISTIANO COMO HISTORIA JUDÍA (I)

El judaísmo tal como hoy lo conocemos comenzó su consolidación durante el primer siglo después del nacimiento de Jesucristo.[1]

Un anciano que viviese en el año 110 d. EC no podría sino maravillarse de los cambios que habían ocurrido en la herencia de sus padres durante el lapso de su propia vida. Cuando él nació, el judaísmo era primordialmente un culto de sacrificio; ahora, era una religión de oración. Antes, el majestuoso Templo de Jerusalén, construido por Herodes, era el centro de la vida judía; ahora, cada una de las sinagogas en todo el mundo eran centros autónomos unidos por una tradición común y una disposición a escuchar a los maestros de Eretz Israel. Antes, los líderes oficiales del judaísmo eran sacerdotes nacidos en el seno de la nobleza y entrenados en el ritual bíblico; ahora, eran rabinos, a menudo de origen humilde, educados en la ley halájica (la halajá), el saber y el conocimiento de la vida. Antes, el judaísmo constituía una tradición de movimientos conflictivos; ahora, asomaba la uniformidad donde había prevalecido la diversidad. Antes, todavía era común en el judaísmo la pugna por el control entre los universalistas y los nacionalistas; ahora, la pugna había cesado, pero su resultado era claro: el judaísmo sería una religión universal, cuyas nuevas actitudes, nuevas formas y nueva filosofía, que apenas se bosquejaban a principios del primer siglo, se habían desarrollado hasta tal punto que se fijarían y quedarían registradas para la posteridad.[2]

La situación y la metodología

Nuestro conocimiento de la historia judía del primer siglo crece constantemente como resultado tanto del descubrimiento de nuevas evidencias como por el desarrollo de mejores métodos para avalar lo viejo. Los documentos son ricos y variados. Varían desde las obras filosóficas de Filón hasta las obras históricas de Flavio Josefo; desde los apocalipsis de la llamada literatura pseudoepigráfica a los manuales y comentarios de los rollos del Mar Muerto; de los libros de los Hechos y los primeros escritos de los Evangelios a las primeras creaciones de los Padres de la Iglesia. Incluyen sobre todo los tesoros de la literatura rabínica temprana recopilados en trabajos como la Misná, la Tosefta, los comentarios bíblicos, unas veces de tipo legal (halájicos) y otras sobre oratoria sagrada conocidos como el Midrás, y los primeros estratos del Talmud. A pesar de que estos trabajos se redactaron mucho después del primer siglo, esclarecen enormemente las bases del judaísmo, como también las del cristianismo.[3]

Aun así, a pesar de esta cantidad de fuentes –tal vez debido a ello- el primer siglo se ha prestado a una amplia variedad de interpretaciones, a menudo conflictivas. Esto se debe principalmente a dos factores: el sorprendente silencio o laconismo de las fuentes en muchas áreas críticas, y el hecho de prevalecer muchas veces el prejuicio teológico sobre un análisis desapasionado en gran parte de la historiografía judía y cristiana de la época. Afortunadamente, desde hace años, un creciente número de estudiosos consideran que esta época resulta vital y, suspendiendo sus predilecciones teológicas, reconocen que los elementos actuales, quizás importantes en sus respectivas tradiciones, a menudo no existían, estaban latentes o emergiendo durante el primer siglo, y deben, por lo tanto, ser estudiados en contextos radicalmente diferentes a los propios. Más aún, reconocen que el análisis histórico elude la conjunción arbitraria de datos, y busca la reconstrucción de eventos a través de la aplicación de refinadas técnicas de las disciplinas históricas y sociológicas actuales. Consideran, sobre todo, los documentos del primer siglo al mismo tiempo que consideran otros elementos del pasado «sub specie humanitatis», como el producto de seres humanos, luchando por problemas humanos básicos, trabajando a través de instituciones hechas por el hombre, y expresándose por medio de un lenguaje y de ideas socialmente desarrolladas y en gran parte socialmente determinadas.[4] Por eso, la historia judía, durante este primer siglo, implica considerar la relación entre la circunstancia espiritual y el logro social.

Para entender esto, es fundamental darse cuenta de que el contexto de vida de nuestro hipotético anciano no es idéntico al nuestro. Por más que sus problemas y emociones hayan sido similares a los nuestros, las instituciones y las doctrinas por medio de las cuales buscaba la satisfacción de éstas eran fundamentalmente diferentes. Nosotros dividimos el pensamiento y las acciones humanas en categorías tales como lo social, lo político y lo religioso. Estas divisiones eran extrañas para él. Para él, toda la vida estaba dominada por la ideología que llamamos religión. Para él, toda la vida estaba dominada por el Pentateuco. La Torá proporcionó la base ideológica para todo el judaísmo durante el primer siglo, pero lo que la Torá significaba en el año 100 d. EC era algo muy diferente de lo que significaba un siglo antes.

Para nuestro hipotético anciano, el evento elemental del primer siglo ocurrió cuatro décadas después del ministerio de Jesús de Nazaret. En el año 70 d. EC, el Templo de Jerusalén fue destruido, y terminó el culto del sacrificio y la supremacía del sacerdocio. Roma fue el catalizador de estos eventos, la destrucción del Templo marcó el fin de una era en el judaísmo y el comienzo de otra, y su actividad ayudó a dar forma a ambos.


[1] Estas notas tienen la intención de servir como una guía para el estudiante de historia judía del primer siglo. La naturaleza amplia de este trabajo excluye notas exhaustivas o consideraciones detalladas de los numerosos problemas implicados en la investigación sobre este período. Sin embargo, los trabajos secundarios seleccionados y mencionados aquí delinearán estos problemas y guiarán al lector a una bibliografía adicional. Es importante reconocer la variedad de ‘aprioris’ que contienen estos trabajos y el hecho de que una investigación completa y cuidadosa del mayor número posible de problemas conduce a una mayor probabilidad de certeza.

[2] El gran trabajo comprensivo que trata completa y exclusivamente este tema sobre la base de un análisis cabal del material de primera fuente es The Rise and Fall of the Jewish State de Salomón Zeitlin (Philadelphia). Otros trabajos como Essai sur l´histoire et la géographie de la Palestine (Paris, 1867) de J. Derenbourg y The Jews among the Greeks and Romans (Philadelphia, 1915) de Max Radin continúan teniendo valor pero han sido superados. Muchos datos valiosos sobre este período se pueden encontrar en el clásico de Heinrich Graetz Geschichte der Juden (1853-1870) y en General History of the Jewish People, de Simon Dubnow, que es superior metodológicamente, publicado originalmente en ruso (1901), traducido al hebreo por Barukh Karu como Divre Yeme Am Olam (vols. 2 y 3). Hay traducción castellana. Es indispensable para un estudio sobre este período A Social and Religious History of the Jews (vol. II, 2ª parte, New York, 1952) de Salo A. Baron, el cual tiene una estupenda bibliografía. De esta obra de Baron existe también una versión abreviada en castellano: Historia Social y Religiosa del Pueblo Judío, 8 vols. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1968. Ver también Ayaso J. R.,Judaea Capta. La Palestina Judía entre las dos guerras judías (70-132 d.C.). Valencia 1990.

[3] Algunos estudios judíos desacreditan la autenticidad de textos de la literatura de los primeros rabinos considerados del siglo I (tendencias análogas existen en el cristianismo para desacreditar material temprano de los evangelios). Estos estudios se basaban en un principio que era muy corriente en la historiografía de este período a finales del siglo XIX y principios del XX, por ejemplo, en las obras de Wellhausen, según el cual los eventos registrados en documentos de composición posterior son sospechosos o carecen de valor. Por otra parte, versiones judías tradicionales de los hechos de los principales maestros de la época tienden a aceptar sin ninguna crítica casi todo lo que la tradición dice acerca de ellos.

[4] Aunque, como muchos han señalado, la aplicación de principios básicos por parte de maestros sin entrenamiento en historia, sociología o disciplinas análogas puede llevar a visiones distorsionadas de la época considerada, la importancia de estas disciplinas aplicadas correctamente no se debe subestimar.

Fuente: Rab. Martin A. Cohen http://www.huc.edu/

miércoles, 1 de diciembre de 2010

LA HISTORIA DE JANUKÁ

«No culpes a la luz que tu personalidad de sombra
si no puedes imitar a la luz la solución no es anularla,
sino esforzarte y tener luz propia»

LA HISTORIA DE JANUKÁ

Al estudiar la historia de esta fiesta, nos damos cuenta que Januká no puede ser vista como una antigua versión de la lucha entre Israel y los árabes. Los judíos no pelearon con los griegos por una independencia política. Januká conmemora una lucha por la libertad religiosa nacional.

Después de la muerte de Alejandro Magno (323 AEC.), los principales generales macedonios inmediatamente comenzaron a pelearse por el gobierno de diversas partes del imperio y varios de ellos trataron de establecerse como reyes.

Se fundaron tres dinastías principales: la de Ptolomeo en Egipto, la de Seleuco en Asia y la de Antígono en Macedonia y Grecia. La Seléucida, fue una dinastía Siria fundada por Seleuco I Nicátor quién gobernó entre 303 AEC  y 281 AEC. Algunos años más tarde gobernó (entre 223 AEC y 187 AEC) Antíoco III Megas. Él conquistó la tierra de Israel y la anexó a su imperio.

Antíoco IV Epifanes, rey de Siria entre 175 AEC y 164. AEC, intentó helenizar a la tierra de Israel. Para darles una idea de la naturaleza de Antíoco: él agregó el título de Epifanes a su nombre porque significaba "Dios hizo manifestación". En otras palabras, Antíoco no sólo pensaba que él era "un regalo de Dios para los hombres", ¡Sino que pensaba que él era Dios!.

Los griegos eran buenos gobernantes brindando civilización y progreso a todo lugar que conquistaban. La cultura griega se expandió bajo el disfraz de "iluminismo". Ellos eran servicio religioso de la población local. ¡Los griegos estaban más que contentos en incluir a todos los dioses posibles dentro de su panteón! Su única demanda fue la desculturización de otras culturas para fusionarlas en una sola cultura junto con la religión y cultura griega.

La Santidad y la Cultura judía contra la Filosofía y las Olimpiadas de los griegos.

¿Por qué era para los judíos tan difícil mantener y defender la filosofía griega?
La respuesta es clara:

«Los griegos defendían la supremacía y la primacía del hombre sobre todas las cosas, eran auténticos hedonístas...»

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Grecia dominaba el mundo y su actitud era reflejada en cada campo de los talentos del hombre: arte, literatura, música, ciencia, arquitectura, belleza. Aristóteles y Platón cambiaron la visión filosófica y, mediante eso, moldearon a la civilización occidental.

El judío, sin embargo, defendía la supremacía de Dios. La grandeza del hombre es participar en la Creación como un socio de Dios. Su grandeza es mirar a Dios como una autoridad moral más elevada, algo más grandioso que los dictámenes de su propia conciencia moral. Para el judío, el hombre fue creado a imagen de Dios. Para los griegos, Dios es creado a imagen del hombre. Ellos son superhombres que pueden comer, beber y complacer en exceso todos sus deseos físicos.

"La persecución de los griegos hacia los judíos no fue nada más ni nada menos que una guerra entre dos culturas".

Los Decretos en Contra de los Judíos

Los griegos estaban decididos a imponer su dominio cultural y convencer a los judíos de la superioridad del pensamiento griego. ¿Su táctica? Prohibir cosas claves de la observancia judía. Las cinco específicas áreas en que los griegos basaron su opresión fueron: el estudio de la Torá, la observancia del Shabat, el Brit Milá (circuncisión), la santidad del matrimonio y la anulación del calendario. Examinemos rápidamente cada una de estas áreas, en función de entender mejor la estrategia asimilatoria de los griegos.

A) El Estudio de la Torá.

Los judíos son el "Pueblo del Libro". La Torá es nuestro libro de instrucciones para la vida, y es el impulso inspiración para nuestra sabiduría nacional.

"La historia demuestra que en el momento en que el estudio de la Torá es abandonado, la asimilación de los judíos a los que los circundan hace su entrada. Sin excepciones, toda comunidad judía, en la historia, en la que la enseñanza y el estudio de Torá no fueron prioridad, gradualmente desapareció de la escena".

"Más allá de todas las buenas y racionales razones, la Torá es el puente misterioso que conecta a los judíos con Dios, a través del cual ellos se comunican y se influencian mutuamente, y por el cual Dios cumple Su pacto con Su pueblo, protegerlo y darle sustento".

"Es por eso que no es sorprendente que el estudio de la Torá es algo tan central para nosotros. Es la primera bendición que un recién nacido recibe:"Que crezca para estudiar Torá, para llegar al casamiento y para hacer buenas acciones". El sidur (libro de rezos) está lleno de peticiones a Dios para que nos ayude a entender Su Torá. No es extraño que Rabí Akivá en el Talmud diga que esperar que un judío viva sin Torá es como esperar que un pez viva sin agua. Esto es porque la Torá es la esencia del pueblo judío, nuestra misma vida y alma, y sin ella nosotros, literalmente, no tenemos existencia".

"Esto explica por qué, en una comunidad judía tradicional, al que se lo admira y respeta más, es al estudioso de Torá no al animador, al atleta, etc.".

"Cuando nosotros estudiamos Torá, no estamos estudiando un texto abstracto y misterioso del mundo antiguo. Estamos estudiando la manera en que Dios quiere que nosotros vivamos en la tierra estamos, de hecho, dedicados al descubrimiento de la esencia del judaísmo, la cual es la esencia de nosotros mismos".

El estudio de la Torá es la mitzvá más importante de todas las 613 mitsvot (preceptos). Es por eso, que no es sorprendente que los griegos quisieron hacerla desaparecer.

B) La Observancia del Shabat.

Todo ser humano desea relacionarse con la realidad de Dios, desea estar cerca del Todopoderoso, que nos da cada aspecto de nuestra existencia. Por otro lado, todos vivimos con el continuo temor de confrontar el hecho de que no somos los capitanes de nuestro barco; que sólo somos los segundos en comandar nuestras vidas.

Ninguno de nosotros quiere abiertamente enfrentar su propia mortalidad; cada uno de nosotros tiene un ego que prefiere tener al «Yo en el centro del universo, en un control total de la vida, del destino y del mundo»

El Shabat es la herramienta del pueblo judío para contrariar esta tendencia. Una vez cada siete días, nosotros los judíos, renunciamos al control de nuestro ambiente y nos declaramos a nosotros mismos y a toda la humanidad, que nosotros no estamos a cargo del mundo. Nosotros paramos todo trabajo creativo y reconocemos que es Dios el que dirige el Mundo.

Esto es lo que el mandamiento de no trabajar en Shabat nos demuestra; nosotros nos abstenemos de hacer trabajos creativos en función de reobtener claridad y entendimiento sobre quien es el verdadero Creador. Es por eso que el Shabat es la mejor herramienta del judaísmo para ayudarnos a cultivar una relación real y tangible con Dios.

A través de las generaciones, una prueba fehaciente de que un individuo o familia seguirá siendo una parte vibrante del pueblo judío es su compromiso con la observancia del Shabat. Como dice el famoso dicho: "más de lo que el judío cuida al Shabat, el Shabat lo cuida a él". Y es este elemento clave de la vida judía, que los griegos estaban determinados a eliminar.

C) Brit Milá (circuncisión).

Los griegos creían que el ser humano nació completo y perfecto. Es por eso que ellos glorificaban al cuerpo; por ejemplo: con estatuas desnudas y eventos atléticos.

Los judíos, por el otro lado, creen que el mundo es en algunos aspectos imperfecto y que fuimos traídos a la Tierra en función de asociarnos con Dios y traer la perfección al mundo. En resumen, ésta es nuestra misión nacional y la responsabilidad de cada judío.

Una de las mitsvot más importante en el judaísmo es la circuncisión. Cuando Dios hizo el pacto eterno con Abraham y sus descendientes, el símbolo de esa unión fue la circuncisión (Génesis 17: 9-12). Dios le dice a cada judío: “El cuerpo humano viene a este mundo con imperfecciones físicas, y así también el mundo espiritual es imperfecto'” Así como se requiere de nosotros que perfeccionemos el cuerpo físico por medio de la circuncisión, también Dios nos provee con la guía y las herramientas apropiadas para llevar al mundo a una perfección espiritual.

Los griegos vieron al mundo perfecto. Es por eso que ellos declararon ilegal a la circuncisión.

D) Las Novias Judías.

Otro de los decretos de los malvados griegos fue que cada novia judía, antes de su casamiento, tenía que pasar una noche con el general griego.

Esto fue particularmente insidioso, ya que los griegos entendieron que la base de la vida judía era una familia estable y sana. En la raíz de esta estabilidad está la santidad de la relación entre el hombre y su mujer. En el judaísmo tradicional, aún un beso o un abrazo amistoso con amigos del sexo opuesto son considerados inapropiados. Similarmente, los Sabios establecieron un cerco como precaución para no estar con miembros del sexo opuesto que se encuentren solos y apartados en ciertas situaciones.

Los kabalistas dicen que la unión entre un hombre y su mujer es análoga a la unión entre la humanidad y Dios. Es por esto que cuando hay que proteger la santidad de la vida matrimonial, nunca pecaremos en llegar a ser demasiado cuidadosos. Y es este mismo punto que los griegos quisieron desarraigar de nosotros.

E) La luna nueva.

El último decreto griego fue prohibir al pueblo judío celebrar la el Rosh Jodesh (el comienzo del mes judío que depende de la luna nueva). ¿Por qué les importaría a ellos este aspecto de la observancia judía?

La respuesta es que el pueblo judío sigue un calendario lunar y son comparados con el ciclo de la luna. Así como la luna está completa, pero luego se va empequeñeciendo, así también el pueblo judío ha sufrido tremendas pérdidas debido a las persecuciones o a la asimilación.

Pero nosotros sabemos que la luna, una vez que alcanza su punto más bajo de visibilidad, siempre se hace "luna nueva", creciendo otra vez hasta llegar a su completitud. Asimismo, la historia judía es paralela a las fases de la luna. Porque una cosa sí es segura: No importa cuánto parece que el pueblo judío ha desaparecido, siempre volvemos a recuperarnos.

¡Estas ideas son las que los griegos quisieron eliminar!.

¿Por qué estos días se llaman Januká?

La palabra hebrea «janú» significa "descansaron" y el valor numérico de las letras «kaf» y «he» suma 25 (ya que en hebreo cada letra tiene un valor numérico, la letra «kaf», 20 y la «he», 5). Esta fiesta se llama Januká pues ellos descansaron (janú) en el día 25 (ka) del mes de Kislev. Además porque en estos días ellos hicieron una reinauguración del Templo de Ierushalaim (Jerusalén) (janukat habait), que los enemigos habían impurificado.

Januká es un tiempo para que todos los judíos despierten su compromiso con la Torá, así como el pueblo judío lo hizo tiempo atrás. Fue su dedicación a Dios y a la Torá la que los ayudó a recuperar el Templo y reencender las luces de la menorá (candelabro). En este Januká, reencendamos la llama de la Torá en nuestros corazones, y dejemos que la luz de la Janukiá, el candelabro de Januká, llene nuestras almas con la luz y la belleza de Dios, nuestro Creador.

¡Januká Sameaj!

Rab Berl Schtudiner
fuente interjudáica.com*

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