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sábado, 30 de abril de 2011

Las raíces judías de Europa

Por Mario Javier Saban (*)
Cuando alguien entra en una iglesia y reza ante la imagen de Jesús, le está rezando a un judío. Cuando le reza a la Virgen María, le reza a una mujer judía... Y de este modo podemos seguir en una lista interminable de santos judíos fundadores del cristianismo: el judío Saul de Tarso o San Pablo, el judío Simón Bar Yona o San Pedro, el judío Jacobo Ben Zebedeo o Santiago el Mayor.
Los primeros cristianos fueron judíos. Cuando leemos los salmos estamos leyendo una obra judía, cuando leemos el libro de los proverbios estamos leyendo otra obra de la Biblia hebrea

¿Quiénes fueron los primeros en introducir en cristianismo en Europa? Dos judíos: Priscila y Aquila. Fue gracias a esta pareja de judíos romanos que se introdujo el cristianismo en Europa. No hay dudas de que las raíces de Europa son cristianas, pero debemos pensar en cuáles son las raíces a su vez del cristianismo, porque esas raíces son esencialmente judías.

Si no podemos comprender la construcción de Europa sin el cristianismo, menos aún podemos comprender el cristianismo sin el sustrato hebreo. Aún después de la aparición de su religión-hija, el judaísmo encontró elementos de supervivencia interna que le permitieron continuar su camino histórico.


Durante siglos los rabinos se encerraron a discutir todos los pasajes de la Biblia Hebrea construyendo con su esfuerzo y dedicación uno de los edificios más importantes de la historia humana: el Talmud, cuya fecha de cierre en el caso de Babilonia fue en el año 499. A su vez esta obra enciclopédica fue posteriormente estudiada por miles de sabios en el transcurso de los siglos. El judaísmo no basaba su estructura en un dogma sino en la apertura a la libre crítica de los textos. Se creó una mentalidad intelectual de especulación teológica y de crítica constante al texto de la Torá. Durante los siglos siguientes, los judíos formaron generaciones y generaciones de estudiosos. En el siglo X, Saadia Gaon en Babilonia había alcanzado el racionalismo filosófico, siete siglos antes de la Ilustración en Europa. Las obras de Gaon se difundieron por todo el continente. Rabi Moisés Ben Maimon (Maimónides) culminó el proceso de coordinación entre la fe hebrea y la razón e influyó directamente sobre Santo Tomás de Aquino.


Miles de alumnos comenzaron a llenar las escuelas de las juderías, en Girona, en Barcelona, en Zaragoza, en Toledo, en Tudela, en Tarragona, en Roma, en Livorno... toda Europa asistió a la construcción de centros de estudios judíos.


Pero fueron los últimos siglos los que vieron la explosión intelectual de los judíos europeos. El primer modelo de judío librepensador es, sin lugar a dudas, Spinoza (1632-1677). No podemos pensar la filosofía de Europa sin el pensamiento de Spinoza.


Pero es durante el siglo XVIII con la Ilustración y la emancipación de los judíos que Europa abrió sus puertas a todas las ramas del saber.


Los judíos ingresaron en las universidades y los  antiguos estudiosos del Talmud y la Torá comenzaron a estudiar todas las áreas de interés humano. Este fenómeno histórico aún no ha sido debidamente estudiado. Algunas universidades comenzaron a limitar el número de judíos que ingresaban porque el porcentaje de éstos no era comparable con su tamaño demográfico. Europa se vio desbordada por sus judíos porque éstos deseaban participar en todos los campos del pensamiento.


La lista de judíos sin cuya participación Europa no podría ser comprendida es muy extensa y excede las posibilidades de este artículo. Desde Sigmund Freud hasta Walter Benjamin o Martin Buber. También Franz Kafka, Stefan Zweig, Albert Einstein, Raymond Aron, Jacques Derrida, Primo Levi, Max Aub, Karl Krauss, Edgard Morin, George Steiner, Ernst Bloch, Rosa Luxemburgo, Charles Chaplin, Theodor Adorno, Cecil Roth y miles y miles de anónimos intelectuales judíos que participaron en toda la cultura de Europa.

Como dijo Juan Pablo II : “Los hebreos son nuestros hermanos mayores en la fe”.

Publicado en LA VANGUARDIA. 26/IX/2005, Pág. 26
 (Ver o descargar el artículo en formato PDF)


(*) Mario Saban es Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Desde hace más de 15 años se dedica a la investigación histórica y teológica sobre los orígenes judíos del cristianismo. (Ver biografía completa)

lunes, 31 de enero de 2011

Qué esconde el boicot contra Israel


30.01.2011 |  BERNARD-HENRI LÉVY  |   | Fuente: El País de España

La hábilmente orquestada campaña «Boicot, Desinversión, Sanciones» (BDS) emprendida contra el Estado israelí, es falaz, belicosa y antidemocrática y contraviene las leyes del Derecho Internacional.


Ya que hay que poner los puntos sobre las íes, ¡pongámoslos!

Evidentemente, nunca he presionado a nadie para cancelar el mitin en apoyo a los partidarios del boicot contra Israel convocado en la Escuela Normal Superior y al que estaba previsto que asistieran Leila Shahid y Stéphane Hessel, entre otros.

Hubiera sido absurdo, pues, dado que, tanto por temperamento como por convicción, creo en la fuerza de las ideas y, aún más, en la de la verdad, en esta clase de circunstancias siempre soy partidario del debate, del choque de opiniones e incluso del enfrentamiento de convicciones, pero no de la censura.

Y el hecho es que, por el contrario, en esta ocasión particular, es decir, en el caso de esta campaña BDS («Boicot, Desinversión, Sanciones») que iba a ser el eje del mitin de la Escuela Normal, me habría gustado poder dirigirme a los interlocutores de buena fe para presentarles textos, hechos y, en el fondo, evidencias que, según parece, han pasado por alto y prueban que estamos ante una campaña hábilmente orquestada, pero falaz, belicosa, antidemocrática y, para no callarme nada, completamente infame.

¿Por qué?

Primero, porque se boicotea a los regímenes totalitarios, no a las democracias. Se puede boicotear a Sudán, culpable de haber exterminado a una parte de la población de Darfur. Se puede boicotear a China, culpable de violaciones masivas de los derechos humanos en el Tíbet y en otros lugares. Se puede y se debería boicotear al Irán de Sakineh y Jafar Panahi, cuyos dirigentes hacen oídos sordos al lenguaje del sentido común y el compromiso. Incluso podríamos imaginar, como antaño con la Argentina de los generales fascistas o la URSS de Breznev, un boicot contra ciertos regímenes árabes en los que la libre expresión de los ciudadanos está prohibida y, si hace falta, se reprime a sangre y fuego. Pero no se boicotea a la única sociedad de Oriente Próximo en la que los árabes leen una prensa libre, se manifiestan cuando lo desean, envían diputados al Parlamento y disfrutan de sus derechos civiles. No se boicotea, se piense lo que se piense de la política de su Gobierno, al único país de la región -y más allá de la región, a uno de los países del mundo, por desgracia no tan numerosos- en el que los electores tienen el poder de sancionar, reorientar o derribar al mencionado Gobierno. De tal modo que presentar como fuente de su "principal indignación" el funcionamiento de una democracia que, como todas las democracias, es por definición imperfecta pero perfectible (y, en cambio, no decir ni una palabra sobre los millones de víctimas de las guerras olvidadas de África, sobre la caza de cristianos en Oriente o, no hace tanto, sobre la masacre de los musulmanes de Bosnia) es, en el peor de los casos, indigno, y en el mejor, profundamente estúpido.

Segundo, porque en realidad esta campaña de boicot pasa olímpicamente de las posiciones del Gobierno del señor "X" o de la señora "Y". No sabe nada, ni quiere saberlo, sobre lo que piensan los ciudadanos israelíes -por ejemplo, acerca de la reanudación de los asentamientos en Cisjordania-. Le importan un bledo las exigencias, parámetros y condiciones reales de la paz entre los ciudadanos en cuestión y sus vecinos palestinos. Y estos últimos, sus aspiraciones, sus intereses, sus posibles esperanzas y la manera en que el régimen de Hamás dio al traste con ellas en Gaza, le traen completamente al fresco -y tampoco dice nunca nada al respecto. No. Esta campaña de boicot, digan lo que digan sus promotores o sus tontos útiles, solo tiene un objetivo real, asumido y bien madurado, y es deslegitimar a Israel como tal. Es lo que quiere decir, implícitamente, la comparación con la Sudáfrica del apartheid. Es lo que quiere decir, explícitamente, la retórica antisionista que sirve de denominador común a todos los movimientos constitutivos de este BDS y que, si las palabras aún tienen sentido, significa que pretenden minar la idea que hoy, guste o no, cimienta la nación israelí. Y por eso esta campaña contraviene, en efecto, las formas, las reglas y las leyes del derecho internacional, y en Francia, también del nacional.

Y finalmente, en el centro de esta campaña, y en ciertos casos en su origen, hay gente de la que lo menos que se puede decir es que no se inspiran precisamente en los héroes de la Francia libre, ni en los redactores de la Carta Internacional de Derechos Humanos, ni en los partidarios de una paz justa entre los dos pueblos, el israelí y el palestino. Pongo a la disposición de todo aquel que lo desee las declaraciones de Omar Barghouti, uno de los iniciadores del movimiento, que afirmaba que su meta no son dos Estados, sino dos Palestinas. Las de Alí Abunimah -cofundador de Electronic Intifada y adversario, también él, de la solución de los dos Estados-, que no duda en comparar a Israel con la Alemania nazi y a algunos de sus filósofos con los editorialistas de Der Stürmer. Las de los dirigentes de Sabeel, un grupo de palestinos cristianos muy presente en América del Norte que, en su afán de dar un fundamento "teológico" a la idea de "inversión responsable", no teme reactivar, sutil pero inexorablemente, los estereotipos del judío asesino de Cristo. Por no hablar de las más que dudosas iniciativas que pretenden marcar las mercancías judías -perdón, israelíes- con autoadhesivos supuestamente infamantes y destinados a señalárselas al consumidor francés vigilante.

Todo esto es abrumador y, una vez más, incuestionable. Presentar como víctimas a los promotores de este discurso de odio dice mucho del estado de confusión intelectual y moral en el que se encuentra sumida esta Europa a la que queríamos creer curada de su peor pasado criminal.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.

Informa:  Iton Gadol News

domingo, 16 de enero de 2011

OPERACIÓN GARIBALDI: EN 2005, ISRAEL, ADMITIÓ QUE EL SECUESTRO DE ADOLF EICHMANN FUE OBRA DEL MOSSAD

Siempre dijo que lo capturó, en 1960, un grupo de voluntarios judíos. Así evitaba la controversia por la violación de la soberanía argentina. En ese año 2005 se confirmó que la operación la hizo una unidad especial del Mossad.

Nunca existieron dudas. Se sabe. El Mossad, esos implacables topos del servicio secreto israelí, fue el que se llevó de la Argentina al genocida nazi Adolf Eichmann hace 51 años. Sin embargo Israel lo reconoció oficialmente en 2005. Es un gesto clave que ahora permitirá levantar el velo que cubre los detalles ocultos de una histórica operación de espionaje encargada desde los más alto del poder israelí, que demandó dos años de trabajo y que concluyó, juicio mediante, con el ex SS alemán en una horca de Jerusalén, el 31 de mayo de 1962.

La noticia llegó en una primicia del diario israelí Maariv. Que el reconocimiento de Israel llegue casi medio siglo después de los hechos no es casual. Para muchos críticos el procesamiento de Eichmann, el hombre que orquestó la deportación de judíos de Europa hacia los campos de trabajo y exterminio nazis, guarda un defecto: el secuestro en la Argentina que lo hizo posible. El gobierno del entonces presidente Arturo Frondizi acusó "una flagrante violación" a la soberanía nacional. Muchos agregarán una "violación al derecho internacional". Y otros alegarán además un quiebre de la regla Nº 1 no escrita en la comunidad del espionaje: nunca cometer secuestros en países amigos para evitar conflictos.

De allí tal vez que el gobierno israelí prefirió repetir desde entonces que el secuestro de Eichmann fue responsabilidad de "judíos voluntarios" y no del aparato de espionaje del Estado israelí. Hubo un pedido de disculpas formal, y la Argentina, acaso porque no le convenía llamar la atención sobre su clandestina comunidad de ex jerarcas nazis en el país, optó por aceptarlas. Y el escándalo diplomático rápidamente fue olvidado ante el histórico juicio a un Eichmann encerrado en una jaula de vidrio, en Jerusalén.

La captura de este burócrata del Holocausto fue el más famoso secuestro que llevó adelante el Mossad y la hora de gloria de quien lideró esa cacería, el topo israelí, Isser Harel. Este héroe de los israelíes, el hombre que cazó al responsable operativo de la "solución final del problema judío", escribió los detalles de la operación en un relato que la censura israelí vetó hasta el día de ayer, y que ahora saldrá a la luz. Sin embargo, Harel sí pudo publicar en los 70 parte de su historia en el libro La casa de la calle Garibaldi (título también de una película sobre el secuestro), en alusión a la precaria vivienda en la que vivían los Klement, el apellido que Eichmann y su esposa eligieron desde 13 años antes para esconderse en Argentina, más precisamente en San Fernando.

En su libro escribió: "No sabía qué tipo de hombre era Eichmann. No sabía con qué afán morboso había cometido su trabajo asesino. No sabía que era capaz de ordenar la masacre de bebés, presentándose como un soldado disciplinado".

A Harel y su equipo de once topos les llevó dos años dar con —según palabras de Hannah Arendt— este fiel representante de la "banalidad del mal". Una originalmente insignificante pista de un ciego alemán fue la punta de un ovillo que se terminaría de desplegar en la calle de Garibaldi bajó un cielo tormentoso de la tarde del 11 de mayo de 1960.

Localizado en Argentina, el equipo del Mossad se trasladó a Buenos Aires para el paso final. Sabían que no podían pedir su extradición. El ex SS escaparía. Y Harel había decidido que "si Eichmann estaba vivo, llueva o truene, iba a ser atrapado". El único camino era el secuestro.

Lo vigilaron por semanas. Se aprendieron el barrio y su rutina. Y cuando el 11 de mayo de aquel año Eichmann bajó del colectivo como todos los días, los hombres del Mossad vieron que llevaba su mano al bolsillo. Temieron un arma. Tres espías le cayeron encima, lo metieron en un auto y lo llevaron a un aguantadero donde fue interrogado nueve días.

Aprovechando un vuelo de la línea aérea israelí El Al, que el 20 de mayo despegaba de Ezeiza con una delegación oficial israelí —de visita en el país por el 150º aniversario de la Revolución de Mayo—, los topos subieron a Eichmann al avión. Lo drogaron, lo durmieron y lo vistieron como miembro de la tripulación. Le adjudicaron un pasaporte falso israelí y lo hicieron pasar por un tripulante dormido y enfermo. Nadie sospechó.

Al llegar a Israel, escala previa en Brasil, Harel fue a ver inmediatamente al primer ministro israelí David Ben-Gurion y le anunció: "Le traje un regalo".

En su libro, Harel escribió que "en todo lo que tuviera que ver con los judíos, (Eichmann) era la máxima autoridad y suyas eran las manos que movieron los hilos que controlaban la caza y masacre de hombres. Era señalado como el jefe de los carniceros".

Hasta hoy, son contradictorias las opiniones acerca de quién era realmente este criminal nazi y sus motivaciones para ser una pieza clave en los planes de Adolf Hitler. El (en su defensa) argumentó en el juicio que cumplía órdenes. Arendt, que escribió una famosa crónica del proceso para The New Yorker, consideró que su motivación "no fue un odio fanático hacia los judíos sino el deseo de avanzar en una carrera que convirtió su trabajo en el de un nazi".

Sin embargo, otros escritores como David Cesarani, profesor de Historia de la Universidad de Southampton, sostienen que Eichmann, lejos de ser "un robot que recibía órdenes", era "el gerente general del mayor genocidio de la historia".

En su reciente biografía sobre Eichmann Su vida y crímenes, Cesarani cita una frase reveladora que el ex SS pronunció durante un discurso de despedida a sus colegas en Berlín, en los últimos días de la guerra. Les dijo: "Saber que tengo sobre mi conciencia a cinco millones de judíos me da una gran satisfacción".

por Alejandra Pataro en Días de Historia




Alemania liberará los archivos secretos sobre Adolf Eichmann

Fallo Judicial

Los documentos contienen datos sobre su fuga a la Argentina; 
habría revelaciones polémicas

BERLIN.- En un fallo de valor histórico, un tribunal alemán consideró anteayer que ya no existían razones para mantener el secreto de Estado sobre los documentos de los servicios secretos (BND, por sus siglas en alemán) sobre a la huida del criminal nazi Adolf Eichmann hacia la Argentina.

La decisión puso a la negativa de los servicios de inteligencia de Angela Merkel a desclasificarlos; la inteligencia alemana sostenía que la publicación de los documentos dañaría la imagen y la política exterior del gigante europeo.

La decisión del tribunal administrativo federal de Leipzig se dio tras el pedido de una periodista alemana, Gabriele Weber, que trabaja como corresponsal en Buenos Aires, para consultar unas 3400 páginas de los archivos del BND.

Los documentos, que datan de los años 50 y 60, están relacionados con los últimos 15 años de la vida de Eichmann, considerado como uno de los arquitectos del Holocausto.

El alto oficial de las SS logró huir de Alemania y refugiarse en Buenos Aires bajo falsa identidad. En la capital argentina fue secuestrado por el Mossad y, luego, condenado a muerte y ejecutado en Israel, en 1962.

El tribunal de Leipzig que ordenó liberar los documentos consideró: "Tras haber examinado los archivos, el tribunal ha establecido que la decisión de la jefatura de gobierno de bloquear su difusión es ilegal". Según este organismo, los hechos son demasiado antiguos como para ocasionar algún perjuicio a la política exterior.

El gobierno alemán tiene, desde hace décadas, una política muy restrictiva respecto de los documentos de su servicio secreto.

Esa postura contrasta con el caso de Estados Unidos, que en 2005 abrió los documentos de la CIA sobre Eichmann y muchos otros criminales nazis. Estos archivos ofrecen algunas claves para el contenido de los folios del BND.

Se sabe, por ejemplo, que ya en marzo de 1958 el BND había comunicado a la CIA el nombre falso de Eichmann y su paradero en la Argentina.

"Lo que quiero saber de los documentos es la verdad sobre los nazis en Argentina, su vinculación con el gobierno de Perón y con los militares. Sobre todo me interesa la vinculación de las empresas alemanes con los nazis en Argentina", explicó Weber a LA NACION.

Sin embargo añadió que dudaba de que los documentos estuvieran "completos".

Contenido explosivo

Historiadores y periodistas barajan además una serie de hipótesis acerca del contenido "explosivo" de los archivos.

Los documentos podrían demostrar pues que Alemania sabía dónde estaba Eichmann, pero no hizo nada, o que los criminales nazi huidos en el exterior trabajaban como informantes para la inteligencia de Alemania Occidental, ya que, en la década de los 50, muchos ex nazis prestaban servicios a la CIA.

En general, se piensa que puedan contener datos extremadamente polémicos sobre la cooperación entre los ex nazis y el BND de posguerra.

"El significado del fallo es enorme -aseguró Weber-. Haber ganado eso abre el camino para investigar a otras cosas, de la Guerra Fría por ejemplo." La periodista alemana viajará hoy a Berlín, donde la espera la tarea delicada de arrojar luz sobre un capítulo todavía oscuro de la historia mundial.

Por Laura Lucchini en Dias de Historia


HACE 50 AÑOS UN TRIBUNAL ISRAELÍ JUZGÓ AL MAYOR ASESINO DE MASAS DE LA HISTORIA

Eichmann preso (Fotografía Revista Life)
El "arquitecto del Holocausto" fue atrapado en San Fernando. Clarín accedió a la causa judicial y a los cables diplomáticos que disparó su secuestro: burocracia, desconcierto y respuestas insólitas.
Inexorable, la arena del tiempo fue pintando aquella noticia refulgente con el pajizo color de los recuerdos: hace cincuenta años, el secuestro en Buenos Aires del ex jerarca nazi Adolf Eichmann conmovió al país y al mundo, pasmado por la reaparición del "arquitecto del Holocausto" y la precisión de sus captores para trasladarlo en secreto hasta Jerusalén. La sorpresa cedió paso al estupor, y Argentina reclamó a Israel ante las Naciones Unidas por la violación de su soberanía. Mientras, Eichmann se encaminaba hacia el histórico juicio que, en 1962, cerraría el caso y su vida con el sobrio trámite de un patíbulo.

Esa es la historia, esos los hechos.

Pero en los entresijos del expediente judicial iniciado por la esposa de Eichmann para denunciar su desaparición, en los nerviosos documentos diplomáticos que gestionaban la crisis internacional, afloran sustanciosos detalles y peripecias que hasta hoy permanecían engullidos por una primicia que ya no lo es: funcionarios inútiles, burócratas a prueba de balas, jueces burlados sin disimulo por policías, diplomáticos y hasta por oscuros oficinistas, brillantes estadistas entregados al barro de la chicana; ellos son los actores de una crónica escrita con el hilo invisible con el que siempre se cosen los pedazos de la Historia.

Su llegada a la Argentina

Adolf Eichmann había ingresado al país en 1950, gracias a una de las redes de salvoconducto tendidas por los nazis y sus protectores, con un pasaporte extendido por el Comité Internacional de la Cruz Roja a nombre de Ricardo Klement: un apelativo al que respondió hasta la noche del 11 de mayo de 1960, cuando un comando de espías israelíes lo emboscó a su regreso del trabajo que tenía como técnico en la fábrica de autos Mercedes Benz. La captura ocurrió a las 20:05 h, después de que Klement-Eichmann bajara como siempre del colectivo 203 en la parada de la ruta 202 que quedaba a cien metros de la tapera de la calle Garibaldi, en San Fernando, en la que vivía con su familia.
Entre cigarrillos y botellas de vino kosher lo convencieron de que escribiera y firmara una carta en la que asumía su identidad y aceptaba "voluntariamente" ser trasladado a Israel para someterse a la Justicia. Lo mantuvieron encadenado a una cama nueve días, hasta que la noche del 20 de mayo, drogado y disfrazado, lo llevaron al aeropuerto de Ezeiza. Entre empujones y chacotas, como a un mecánico borracho a quien deben sostener para que no se desplome, lo cargaron al avión de la línea israelí El-Al que Jerusalén había fletado a Buenos Aires dos días antes con la excusa de participar de los festejos del 150° aniversario de la Revolución de Mayo. Dos días después, el premier israelí Ben Gurion anunció al parlamento que el "arquitecto del Holocausto" había sido capturado por "un grupo de voluntarios judíos, algunos israelíes", y que iba a ser juzgado en Jerusalén.

La indiscreción de Nicolás Eichman

La prehistoria de aquella operación es pródiga en anécdotas y episodios cautivadores: el fortuito flechazo en Buenos Aires del primogénito del nazi con la hija de un sobreviviente de la Shoah ciego pero con buena memoria para los apellidos, las primeras tareas de inteligencia, desde 1957; la selección de los veinte agentes que participarían de la operación, la decisión oficial de aguantar el seguro chubasco diplomático ante semejante operación para evitar el baldón sufrido apenas un año antes, cuando el pedido de extradición de Josef Mengele por parte de Alemania Federal terminó en la basura porque Argentina respondió que las acusaciones contra el sádico médico experimentador de Auschwitz eran de naturaleza política y que ya habían prescripto.
Decenas de libros contaron y corrigieron todo eso una y otra vez. Pero bajo el aleteo de las polillas otra historia, más pequeña pero irremediablemente argentina, se escribía en los tribunales porteños. El expediente por el secuestro de Adolf Eichmann se inició el 12 de julio de 1960, cuando el desaparecido ya llevaba casi dos meses aparecido, ahora en una cárcel israelí. La esposa del nazi, Veronika "Vera" Catalina Liebl de Eichmann, protestaba por la captura de su marido, y subrayaba "el agravio inmerecido cometido contra la Soberanía Nacional". La causa se tramitó ante el juzgado penal federal 1, que entonces comandaba Leopoldo Insaurralde. Hoy lo hace María Servini de Cubría.
El 2 de agosto, el juez le pide al jefe de la Policía Federal que individualice al autor o autores del secuestro, y que una vez hecho esto "los ponga a disposición de este juzgado en calidad de incomunicados." No parecía fácil, cuando todo el planeta sabía dónde estaba Eichmann y en manos de quién. El 9 de septiembre, con picardía, la policía le contesta a Insaurralde que "se resolvió efectuar una revisión de los recortes periodísticos que tratan sobre el particular, a los efectos de una mayor ilustración". La respuesta a lo que el juez pedía estaba en los diarios.
Los equívocos recién comenzaban. El 29 de agosto, Vera Eichmann firmó una petición al juez: "ha llegado a mi conocimiento que don Otto Adolfo Eichmann será reintegrado a la embajada argentina en Tel Aviv de un momento a otro", especulaba. Tras unas pocas diligencias inútiles, el año se terminaba y el juez seguía perdido. El 16 de noviembre de 1961, el fiscal Francisco D'Albore se despierta: le reclama a Insaurralde que vía exhorto solicite la declaración del propio Eichmann y de cuatro israelíes que según las noticias parecían haber participado del secuestro. D'Albore también pide que la policía averigüe si en los registros oficiales figura la salida del país de Ricardo Klement, y exige que la Dirección de Aviación Civil informe sobre los vuelos de aviones israelíes en mayo, con el detalle de tripulantes y pasajeros.
El juez mueve su primer dedo el 18 de diciembre -tres días después de que Eichmann fuera condenado a muerte-, para pedirle al entonces canciller Miguel Angel Cárcano que tramite el exhorto ante las autoridades judiciales de Israel "con carácter de muy urgente". Cancillería contesta que el juzgado debe traducir el escrito "al idioma israelí", "diligencia que no puede cumplir este ministerio por carecer de traductor capacitado para ello". Más contratiempos risibles: el 18 de enero de 1962 llega una nota desde la embajada argentina en Israel, que avisa que una de las personas solicitadas, un tal "Eriedman", en realidad se llama "Friedman". Y pregunta qué hacer entonces. Pasan las semanas. El 14 de marzo, Insaurralde le pregunta a Cancillería qué pasó con el famoso exhorto librado en diciembre. Nada. Vuelve a escribir el 16 de abril, ya a otro canciller: Arturo Frondizi había sido derrocado el 29 de marzo por un golpe militar.
Aunque cueste creerlo, la policía contesta que no sabe si Ricardo Klement salió del país. El 3 de abril, la Dirección de Aviación Civil admite que no tiene más datos sobre el avión israelí. El 31 de mayo, Insaurralde escribe a Cancillería: "atento a las circunstancias que son de dominio público", solicita que "informe con la debida premura sobre el estado de tramitación del exhorto que se librara el 26 de diciembre pasado". Minutos después, Eichmann colgaba de una horca.
Pero ese detalle no era suficiente para detener el Macondo judicial argentino. El 19 de junio, Migraciones contesta que "no ha sido posible localizar la lista de pasajeros" del avión de El- Al. Habría que preguntarle a la Dirección de Circulación Aérea y Aeródromos, que el 4 de septiembre avisa que ahí no saben nada, pues sólo hacen el parte meterológico y aceptan el plan de vuelo. El jefe de Migraciones en Ezeiza dice que ellos no hacen control de salida. Y la Policía cuenta que averiguó en el archivo de Migraciones, y que allí las planillas y fichas de viaje se mantienen durante un año y luego se destruyen. Adiós, Eichmann.
Como un chiste tardío, el 29 de agosto Israel responde el famoso exhorto librado ocho meses antes. Luego de deshacerse en "los más atentos saludos", la cancillería "tiene el honor de comunicarle que las instituciones jurídicas competentes llegaron a la conclusión de que a su pesar no existe la posibilidad de acceder al exhorto". Enojado, el fiscal D'Albore escribe que en la respuesta israelí ni siquiera "se advierte el argumento legal que la cortesía y consideración internacional exigían". El 20 de diciembre, el doctor Insaurralde dicta sentencia: "se ha comprobado la conducción de Adolfo Eichmann fuera de los límites de Argentina", advierte con lucidez. Pero "han resultado estériles los esfuerzos del Tribunal tendientes a individualizar a quienes de una u otra manera tuvieron intervención en el episodio". ¿El resultado? "Sobreseer provisionalmente en el presente sumario".
Pero la inteligencia del pobre juez no había sido mejor tratada que la del Gobierno argentino, que recibió el "caso Eichman" como un cachetazo. Embretado por la noticia que ya daba la vuelta al mundo, el 3 de junio de 1960 el gobierno de Israel le escribe a la Cancillería local que "ignoraba el hecho de que Adolf Eichmann hubiera llegado desde la Argentina", y que sólo ante un telegrama del embajador israelí en Buenos Aires, Arie Levavi, había investigado los pormenores del caso. ¿Cuáles eran? Los de una creativa historia de ciencia ficción: "un grupo de voluntarios judíos (entre ellos algunos israelíes)" habían rastreado, capturado y llevado a Jerusalén al ex jerarca nazi, quien "manifestó su conformidad de ir a Israel espontáneamente para ser procesado". Ante lo evidente, se aclaraba que "en caso de que el grupo de voluntarios haya violado la ley argentina o haya interferido en los fueros de la soberanía argentina, el Gobierno de Israel desea manifestar su pesar al respecto".
El propio embajador Levavi, admitió tiempo después que la historia de los voluntarios sonaba como un "cuento de abuelas" intragable. El 7 de junio, Israel jugó a fondo, con una carta personal de Ben Gurion al presidente Arturo Frondizi. Después de recordarle que Eichmann fue "directamente responsable de las órdenes de Hitler para la 'solución final' del problema judío en Europa", y de admitir que "no desestima la seriedad de la violación formal de las leyes argentinas", el premier afirma que sin embargo "este evento no puede ser enjuiciado desde un ángulo puramente formal".
La respuesta de la cancillería fue durísima: el 8 de junio responsabilizó a Israel por las acciones de los supuestos "voluntarios", denunció la falta de un "ofrecimiento de reparaciones" junto con los lamentos por el secuestro, y reclamó tanto "la restitución de Eichmann en el término de esta misma semana" como "la punición de los individuos culpables de la violación del territorio nacional".
Pero todo siguió igual, y Argentina decidió llevar el caso ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Mientras las posiciones se espesaban cada vez más, y ante la impavidez israelí, las acusaciones argentinas pisaban el límite de lo diplomáticamente tolerable. El 22 de junio de 1960 la ONU condenó a Israel por haber violado la soberanía argentina. Frondizi podría mostrar algo en casa, aunque Eichmann siguiera donde estaba y ningún secuestrador rindiera cuentas ante nadie. Tras algunas negociaciones informales cuyo registro no se conoce, el 3 de agosto ambas cancillerías acordaron que Israel pidiera disculpas por el secuestro y Argentina echara del país al embajador Levavi tras declararlo persona no grata (ver facsímil en esta página). El incómodo entuerto quedaba saldado, aunque el juez Insaurralde siguiera empapelando los despachos con exhortos y reclamos durante un año y medio más.
El tiempo pasó, y el Mossad sólo reconoció que sus agentes fueron los verdaderos autores del secuestro de Eichmann en febrero de 2005. Hace cuatro años se supo que la CIA también sabía que Adolf Eichmann estaba en Buenos Aires, y conocía tanto su nombre falso como su dirección. En una de las habituales piruetas de espionaje de aquellos años, jamás reveló esos datos para no poner en peligro la labor de otro ex dirigente nazi que entonces trabajaba para Washington en Alemania Oriental. Varias décadas después de la noticia del secuestro del temido oficial nazi, y ante la mirada miope de la Historia, justicia, política y conveniencia volvían a mezclarse, cosidas por un hilo invisible.

De jerarca de las SS a simple operario de Mercedes Benz

Adolf Eichmann nació en 1906 y se afilió al partido nazi en 1932. En 1935 se casó con Vera Liebl, y durante tres años se consagró al profundo estudio del judaísmo. En 1938 organizó la deportación de judíos desde Viena, y un año después lo hizo desde Praga. El 20 de enero de 1942 organizó la conferencia de Wannsse, en Berlín, en la que se decidió la "solución final" para los judíos. Entre sus órdenes habituales, el 24 de enero de 1944 firmó en Praga la de arrestar a "todos los judíos argentinos" que vivieran en los territorios ocupados por los nazis.

Cuando terminó la guerra cayó prisionero, huyó a los bosques alemanes y, bajo el nombre de Ricardo Klement, en 1950 viajó desde Génova a Buenos Aires, donde fue recibido por grupos filonazis con buena llegada al gobierno de Perón. Vivió en Barracas, puso un taller mecánico en Palermo, se mudó a Tigre y luego se afincó en Tucumán, donde trabajó como hidrógrafo para la firma CAPRI. En 1952 se reencontró con su familia, y un año después se mudó a Buenos Aires. Vivió en La Lucila y en San Fernando, trabajó como mecánico en la fábrica de calefones Orbis y en la planta de camiones de Mercedes Benz. El 11 de mayo de 1960 fue secuestrado por un comando israelí. Lo ejecutaron en Jerusalén, el 31 de mayo de 1962.

El punto final a la controversia por el secuestro. La crisis con Israel recién quedó sepultada en 1967

Aunque los gobiernos de Argentina e Israel habían coagulado la polémica desatada por el secuestro de Eichmann en agosto de 1960, la cuestión seguía abierta ante las Naciones Unidas, cuyo Consejo de Seguridad mantenía en su temario el reclamo argentino. Para desactivarlo sin hacer mucho ruido, desde 1963 se hicieron consultas y gestiones entre embajadores y funcionarios, aunque sólo en 1965 la Cancillería ordenó al representante ante la ONU que retirase la "cuestión Eichmann" del temario.
Pero la última foja de aquel expediente recién se firmó en septiembre de 1967, cuando a través de un telegrama secreto y cifrado (ver facsímil) la Cancillería autorizó al consejero de la embajada en Tel Aviv a ir a un banquete celebrado para homenajear al ex embajador israelí en Buenos Aires Ari Levavi. Era el mismo diplomático a quien en 1960 el gobierno de Arturo Frondizi había expulsado del país como protesta por la violación de la soberanía argentina con el secuestro de Adolf Eichmann.

Antes de ser ejecutado, gritó "¡Viva Argentina!"

El 1 de febrero de 1961 fueron formulados los 15 cargos por los que Adolf Eichmann fue juzgado en Jerusalén. El primero de ellos ya era suficiente para justificar la pena de muerte: lo hacía responsable, en asociación con otras personas, de la muerte de millones de judíos y de la ejecución del plan nazi para el exterminio de los judíos.
El juicio comenzó el 11 de abril de 1961, y durante los ocho meses que duró declararon como testigos una centena de ex prisioneros de los campos de exterminio nazis. Bajo la mirada mundial, el proceso cumplía con el objetivo trazado por su inspirador, el premier David Ben Gurion: ofrecer el testimonio definitivo sobre los horrores del Holocausto.
Intelectuales como Bertrand Russell, Elie Wiessel -sobreviviente de la Shoah que años después obtendría el premio Nobel de la Paz- y Hannah Arendt, autora del más agudo testimonio de aquel proceso, presenciaron las audiencias. Escuchando los argumentos del acusado para justificar su rol en la maquinaria nazi, Arendt concibió su popular definición sobre la "banalidad del mal": como lo había demostrado Eichmann, los más crueles asesinos no eran seres especialmente perversos, sino más bien grises burócratas ansiosos por ascender en sus empleos.

Entre el 11 y el 15 de diciembre de 1961, se leyó la sentencia: Eichmann era condenado a muerte

La noche del 31 de mayo de 1962, el reo fue conducido a la horca. Arye Wallenstein, uno de los dos corresponsales extranjeros a quienes se les permitió asistir a la ejecución, contó que el jerarca nazi caminó erguido hacia el patíbulo, y que mientras el reverendo canadiense William Hull rezaba por él, pronunció sus últimas palabras: "Señores, pronto volveremos a reunirnos. Ese es el destino de todos los hombres. He vivido creyendo en Dios y muero creyendo en Dios. ¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria! Esos son los países con los que tuve una relación más estrecha, y nunca los he olvidado. Tuve que obedecer la ley de la guerra y a mi bandera. Estoy preparado".

La trampa se abrió bajo sus pies dos minutos después de la medianoche. Israel cremó su cuerpo de inmediato, y tiró sus cenizas en aguas internacionales del mar Mediterráneo.

Artículo completo en: Días de Historia
Su autor: Claudio Savoia csavoia@clarin.com