Mostrando entradas con la etiqueta Justicia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Justicia. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de marzo de 2011

LA HALAJÁ – El Camino judío

Aunque se ha hecho un esfuerzo para resumir algunas de las ideas en las que los judíos siempre creyeron profundamente y que constituyen los principios básicos de fe que han caracterizado al judaísmo a través de las épocas, no me he empeñado en sondear profundamente en la teología judía o en explicar las consideraciones filosófico-religiosas sobre la naturaleza del hombre, de la vida, del bien y del mal, que emanan de las enseñanzas judías y que impregnan su concepción total del mundo. Haber hecho eso hubiera significado ir más allá del alcance y del objetivo de este libro. Sin embargo, la razón principal por la cual evitare aquí ahondar profundamente en teología es la resumida perfectamente en las palabras de Samuel Belkin, Presidente de la Universidad Yeshiva:

"...Se han hecho muchos esfuerzos para formular un enfoque coherente y sistemático de la teología judía. Sin embargo, todos esos esfuerzos se han revelado infructuosos porque el judaísmo nunca se preocupo demasiado de doctrinas lógicas. Su deseo fue más bien desarrollar un conjunto de prácticas, un código de actos religiosos, que pudiera establecer un modo de vida religioso. Es verdad, que esos actos y practicas emanan de conceptos básicos teológicos y morales, pero tiene gran significado el hecho de que esas teorías teológicas y morales, pero tiene gran significado el hecho de que esas teorías teológicas del judaísmo permanezcan siempre invisibles, que puedan aprehenderse solamente por medio de las prácticas religiosas a las que dan nacimiento. Grandes filósofos eruditos rabínicos encontraron de esa manera una mayor medida de acuerdo entre ellos en el minian hamitzvot, (clasificación de los 613 preceptos religiosos que la Torá impone del judío), que en su empeño de presentar el dogma básico judío en formas de artículos de fe... En el judaísmo los artículos de fe y las teorías religiosas no pueden divorciarse de las prácticas particulares... La teología del judaísmo está contenida en gran parte en la Halajá, el sistema jurídico judío que no se ocupa de la teoría sino principalmente de la práctica... (Si pudiera decirse que el judaísmo reposa sobre dos principios gemelos: la soberanía de Di’s y el carácter sagrado del individuo... esta filosofía (así como todos sus fundamentos filosóficos) se refleja claramente en la Halajá...."

Halajá es el término general para la ley judía; también se refiere a la decisión definitiva y autorizada sobre cualquier tema especifico. Está basada primordial y fundamentalmente en las ordenanzas bíblicas y en los mandamientos de la Torá escrita y oral, como también en toda la legislación y disposiciones rabínicas, incluyendo las decisiones jurídico-religiosas transmitidas a través de las épocas en formas de respuestas y comentarios de grandes e importantes sabios rabínicos. Todo este conjunto sirve de base autorizada y proporciona los antecedentes legales para el proceso interrumpido de la adopción de decisiones legales-religiosas hasta nuestros mismos días. La palabra Halajá en sí, significa: "el camino por el cual uno marcha". La Halajá es práctica, no teórica. La Halajá es legalista, no filosófica. Aunque la fe es la base a partir de la cual la Halajá se desarrolla, coloca su mayor énfasis en los actos. La Halajá se ocupa de la aplicación adecuada de los preceptos (mitzvot) en toda situación y circunstancia. (Los preceptos de origen bíblico no pueden ser modificados en esencia, aquellos de origen rabínico pueden ser modificados en ciertas circunstancias y condiciones por estudiosos competentes y autorizados). La Halajá exige un compromiso en la conducta. Ella trata con obligaciones éticas y deberes religiosos.

En su carácter de sistema jurídico judío, la Halajá cubre todos los aspectos y relaciones de vida del mismo, tanto entre el hombre y su semejante como entre el hombre y Di’s. De esa manera, la Halajá se ocupa no solo de aquellas áreas consideradas generalmente como pertenecientes a la esfera del ritual y de la religión, sino también de aquellas que, generalmente los sabios no judíos asignan a las esferas de la moral o de la ética o a la ley civil o criminal.

Así como la Halajá lo abarca todo, puede afirmarse también que la religión judía lo abarca todo. No existe ningún área en la esfera de la conducta humana de la cual no trate o no ofrezca guía. Si se da por entendido que cada aspecto de la vida es considerado sujeto a las directivas establecidas por la Halajá, no puede considerarse entonces, que la religión judía –cuando sea observada correctamente- llene solo alguno de los múltiples aspectos de la vida, o que sea distinta y este separada de otras áreas de la misma existencia y preocupaciones del hombre. Los hábitos alimenticios de una persona, su vida sexual, su ética comercial, sus actividades sociales, sus diversiones, sus manifestaciones artísticas, todo esto se encuentra bajo la cobertura de la ley religiosa de los valores religiosos y de las directivas espirituales del judaísmo. La religión judía no se disocia de ningún aspecto de la vida y no limita su preocupación solamente a los actos rituales que tienen un significado místico en un mundo sobrenatural. Observada con plenitud y correctamente, la religión judía es en si la vida misma y provee de valores para guiar toda la existencia.

Esta es la naturaleza de la tradición religiosa transmitida al judío. Por eso es que los Profetas de Israel predicaron y lucharon con tanto fervor en pro de la justicia social y por la eliminación de la pobreza como por la santidad del Shabat y la abolición de la idolatría. Es verdad, todos los libros sobre el judaísmo enfatizan el hecho de que el judaísmo es una forma de vida; que es acción, no solamente un culto. Aunque no se minimiza el papel central que desempeña la doctrina, sin lugar a dudas, el énfasis es puesto sobre los actos. La esencia de la fe judía no se ha cultivado sobre hipótesis doctrinales o declaraciones dogmáticas, sino en la aplicación práctica de la Torá, mitzvot maasiot (preceptos prácticos).

"...Las verdades conceptuales del judaísmo y sus valores significan muy poco si no se las traduce en una forma de vida. La Halajá es el medio por el cual los conceptos y los valores se aplican a la vida cotidiana. La Halajá señala los métodos para la concretización de la teoría, de los principios, del credo..."

La Halajá, enfocada en la ejecución y cumplimiento de los preceptos (mitzvot) sirve para concretizar lo que, de otra manera, yacería en la esfera de la abstracción, a la vez que sirve para santificar lo que de otra manera quedaría en la esfera de lo mundano.

Ernst Simon, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ofrece una explicación equilibrada del porque de la observancia de la Halajá por el judío moderno. Dice que:

"...Existe una relativa identidad entre la fe y el pueblo, y esta identidad relativa solo puede establecerse y mantenerse por medio de una forma de vida santificada. La Halajá es nuestro único medio para establecer y mantener esta forma de vida santificada...2

Sobre todo, dice Simon:

"... La Halajá puede tener una profunda pertinencia para el judío moderno porque formula y representa una actitud hacia la vida que enfatiza la necesidad de restituir el intelecto a una sociedad que es en parte anti-intelectual, de disciplinar a un mundo entregado en parte al libre albedrío, de orientar y dar un sentido de dirección a un caos de excesiva información y de una religión nacional frente a las incursiones del misticismo y el oscurantismo..."

Tal como lo afirma Louis Ginzberg:

"Solamente en la Halajá se encuentra expresada exacta y adecuadamente el pensamiento y el carácter del pueblo judío".

Seymour Siegal lo expresa muy bien:

"No seguimos siendo judíos solo porque seamos miembros de una sociedad filosófica con elevados principios (aunque es un motivo de orgullo y un reto, perpetuar y profundizar el legado de ideas y de conceptos que hemos heredado). Seguimos siendo judíos porque somos parte de la comunidad de Israel, que ha aceptado vivir su vida como una comunidad separada, por siempre, obedeciendo a Di’s. Sin lugar a dudas algunas ideas derivan de esta premisa. Mas nuestra existencia está definida por el hecho del Pacto (con su necesaria implicación de la Torá y la Halajá, o la Ley); no está definida únicamente por ideas.

Algunos círculos expresan el temor de que la estricta adhesión a la Halajá, sin que este acompañada por una profunda fe y sentimientos espirituales, quede reducida a una forma de behaviorismo desprovista de toda dimensión y calidad espiritual. Sin embargo, ese temor no justifica que se disminuya la obligación de la Halajá; por el contrario, enfatiza la necesidad de acentuar la calidad espiritual de todos los actos. Desde hace mucho tiempo los rabinos reconocieron el problema y trataron de solucionarlo cuando enseñaron, por ejemplo, que : "no hagas rutina de tus plegarias..." (Pirkei Avot 2 :18). El hecho de que un acto pueda culminar en un extremismo indeseable, no justifica la anulación del mismo. Debe controlarse el abuso sin eliminar la esencia del acto.

Incluso Abraham Joshua Heschel, un notable exponente del punto de vista que destaca el espíritu interior del hombre (al que él llama la esfera de la Agadá), se opone enérgicamente a todos aquellos que confinan al judaísmo exclusivamente a la Halajá, insistiendo en que :

De hecho, la forma más segura para abandonar la Agada (fe, interiorización) es abolir la Halajá. Sin la Halajá, la Agada pierde su sustancia, su carácter, su fuente de inspiración, su defensa contra el peligro de la secularización. Por medio de la interiorización solamente no nos acercamos a Di’s. Las más puras intenciones, la devoción más profunda, las más nobles aspiraciones espirituales, son vanas cuando no se realizan en la acción.

Al igual que todos los sistemas legales basados en una "constitución" o en algún otro código de leyes, también la Halajá permite a menudo diferencias de opiniones y diferencia de comportamiento, particularmente en las áreas que no afectan la esfera de la Ley Divina de la Torá. Pero todos los diferentes dictámenes de carácter religioso adoptados por estudiosos competentes, deben ser susceptibles de justificarse y defenderse de acuerdo a las reglas de interpretación de la Halajá. Deben basarse en la más pura enseñanza religiosa. De estas diferencias de opinión, dicen nuestras fuentes religiosas que "las unas y las otras son las palabras del Di’s viviente", porque ambas emergen de la fe en ese Di’s y del sincero deseo de cumplir la voluntad de ese Di’s. Existe una gran diferencia entre el estar en desacuerdo sobre lo que la Torá y la tradición requieren de nosotros cuando se deben resolver problemas, y el franco abandono de la autoridad y la jurisdicción de la Torá y de la Halajá. Esta ultima actitud aleja a una persona de los límites legítimos del judaísmo.

La Halajá es el camino judío para asegurar y perpetuar la forma de vida judía. Si se abandona o se rechaza la Halajá, desaparece también lentamente esa forma de vida y con esa desaparición se desvanecen los valores característicos y apreciados por el judaísmo. Esto no ocurre de inmediato, toma de una a dos generaciones, pero ocurre. Es el proceso conocido como la asimilación. Comienza cuando los judíos rechazan el carácter obligatorio de la Halajá y finaliza con la desaparición del judaísmo. Esto no es especulación o polémica sino un hecho histórico que, por desgracia, se repitió una y otra vez en muchas condiciones y circunstancias diferentes. Donde las observancias distintivas del judaísmo desaparecían, solo una amenazante crisis de antisemitismo constituía el único factor que retardaba la total asimilación física del pueblo judío.

Rabbi Haym Halevi Donin


                              

miércoles, 16 de febrero de 2011

HISTORIA DE LOS JUDÍOS


La historia de los judios es la de la gente, la fe y la cultura judías. Esta historia abarca casi cuatro mil años y a centenares de diversas poblaciones.

Al igual que otras religiones, el judaísmo conoció distintas corrientes o cismas. La particularidad del pueblo judío, y lo que le diferencia de otros, es su distribución en el mundo y su unidad en torno a los valores culturales transmitidos por los libros religiosos (Torá, Talmud) y por las prácticas rituales (Shabat, Pésaj, Yom Kipur, Cashrut...).

El Génesis remonta el principio de la historia a tres patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, el último también conocido como Israel y del cual derivó posteriormente el nombre de la Tierra Prometida. No obstante, la primera mención es de fuentes asirias, que hablan de la victoria de Salmanasar III sobre Jehú, de la casa de Omrí, en 838 a. EC. Para Flinders Petrie, en la Estela de Merenptah se menciona por primera vez a los israelitas, ca. 1200 a. EC.

Los primeros períodos la historia de los judíos coinciden con la del Creciente fértil. Comienza con tribus que ocuparon el área comprendida entre los ríos Nilo en el oeste y el Tigris y Éufrates en el este. Rodeado por los imperios de Egipto y Babilonia y por el desierto de Arabia, y las montañas de Asia Menor, la tierra de Canaán (conocida sucesivamente por Israel, Judá, Cele-Siria, Judea, Palestina, Levante y finalmente Israel otra vez) era un punto de unión de civilizaciones. La zona estaba atravesada por antiguas rutas comerciales, como la vía Maris, el camino de los Reyes y el camino de Horus, que unían el golfo Pérsico con la costa mediterránea y Egipto con Asiria, lo que llevaba al Creciente fértil influencias de otras culturas.

Los judíos de todo el mundo se consideran descendientes de los antiguos israelitas o hebreos, que remontaron su linaje al patriarca Abraham. La tradición judía sostiene que el origen de los israelitas está en los doce hijos de Jacob que se trasladaron a Egipto, donde sus descendientes se dividieron en doce tribus que fueron esclavizadas durante el reinado de un faraón egipcio, identificado a menudo de forma errónea como Ramsés II. En la tradición judía, la emigración de los israelitas desde Egipto a Canaán (el éxodo) conducidos por el profeta Moisés, marca la formación de los israelitas como pueblo.

El Tanaj cuenta que después de cuarenta y un años de vagar por el desierto, los israelitas llegaron a Canaán y la conquistaron bajo el mando de Josué, que repartió la tierra entre las doce tribus. Durante un tiempo el pueblo fue regido por una serie de gobernantes llamados jueces. Saúl, de la tribu de Benjamín, fue el primer rey de Israel, seguido por David, de la tribu de Judá, quien establecería el linaje del que saldrían los demás reyes. Tras el reinado de Salomón, la nación se dividió en dos: Judá al sur, formada por las tribus de Judá y Benjamín, e Israel al norte, con las diez tribus restantes. En el siglo VIII a. EC. Salmanasar V conquistó el reino de Israel y deportó a sus habitantes, de los que se perdió constancia: se suele referir a ellos como las diez tribus perdidas.

Por su parte, el reino de Judá fue conquistado por el ejército babilónico a principios del siglo VI a. EC. La élite fue deportada a Babilonia pero parte de ella regresó a su patria conducida por los profetas Esdras y Nehemías, cuando el rey persa Artajerjes I invadió Babilonia.

A partir de esta época comenzaron las divisiones entre los israelitas, con la formación de partidos político-religiosos, como los saduceos y fariseos.

En el año 334 a. EC. Alejandro empezaba la conquista del Imperio persa, dominando el Oriente Medio en el 332. A su fallecimiento, tras la división del imperio entre sus generales, se impuso el Imperio seléucida en una zona que abarcaba desde el Mediterráneo hasta la frontera con la India.

Herederos de la cultura helenística que procuraron difundir, los reyes de la dinastía gobernaron al modo de sus antecesores asirios, mesopotámicos y persas, haciéndose adorar como a dioses. Frecuentemente estuvieron en guerra con la dinastía Ptolemaica de Egipto.

Antíoco IV Epífanes inició una de las primeras persecuciones religiosas conocidas, fenómeno casi desconocido hasta entonces. A su vuelta de Egipto, organizó una expedición contra Jerusalén, destruyéndola y matando a muchos de sus habitantes. El deterioro de las relaciones con los judíos religiosos condujo a Antíoco a dictar decretos prohibiendo determinados ritos y tradiciones religiosas, por lo que los judíos ortodoxos se rebelaron bajo la dirección de los Macabeos.

A partir del siglo II a. EC. todos los escritores (Filón, Séneca, Estrabón) mencionan poblaciones judías en muchas ciudades de la cuenca del Mediterráneo.

La corriente del judaísmo influenciada por la filosofía helenística se desarrolló notablemente a partir del siglo III a. EC. entre la diáspora judía de Alejandría, culminando en la compilación de la Septuaginta. Un representante de la simbiosis entre la teología judía y el pensamiento helenístico es Filón de Alejandría.

Los Macabeos levantaron al pueblo y lograron la independencia. Eran los hijos del sacerdote Matatías, que prendió la mecha al negarse a adorar a los dioses griegos. La familia huyó a las montañas, desde donde Judas Macabeo volvió con un ejército de judíos disidentes consiguiendo la victoria, restableciendo los servicios tradicionales judíos en el Templo y nombrando a Jonatán Macabeo como sumo sacerdote.

En el 142 a. EC. Simón Macabeo, el último hijo de Matatías, ascendió al poder. Ese mismo año Demetrio II de Siria garantizó a los judíos la independencia política completa, y Simón, sumo sacerdote y comandante de los ejércitos judíos, gobernó hasta el año 135 a. EC., cuando fue asesinado. Su hijo Juan Hircano fundó la dinastía Asmonea.

Más preocupados que sus antecesores por el poderío militar, los asmoneos establecieron un reino desde el año 134 a. EC. hasta el advenimiento del Imperio romano en Israel en el 63 a. EC. Con los asmoneos, las fronteras del reino judío llegaron a tener las dimensiones de los tiempos de David y Salomón, ya que anexionaron Samaria, Galilea e Idumea, y forzaron a los idumeos a convertirse al judaísmo.

La dinastía se desintegró como resultado de la guerra civil entre Hircano II y Aristóbulo II, hijos de Salomé Alejandra: la última de los asmoneos y la única mujer que gobernó en Israel. Las peticiones de ayuda a la República Romana trajeron como consecuencia la conquista del reino por Cneo Pompeyo Magno.

En el año 63 a. EC. Pompeyo conquistó la región, convirtiéndola en reino tributario de Roma, que repartió el reino en 5 distritos bajo la jurisdicción de un Sanedrín y nombró sumo sacerdote a Juan Hircano II. A partir de entonces, el Sumo Sacerdote fue nombrado por los romanos.

En 40 a. EC. el Senado romano nombró rey de los judíos a Herodes el Grande, concediendo una cierta autonomía, que fue casi anulada cuando Augusto unió el territorio de Israel con el de Siria, formando la Provincia de Judea bajo gobierno de un legado, Publio Sulpicio Quirino, aunque mantuvo en el trono a Herodes. La orden de Quirino de censar a la población (los censos estaban prohibidos por las leyes judías), encendió una revuelta duramente reprimida. Las relaciones entre judíos y romanos se deterioraron seriamente durante el reinado de Calígula, que ordenó colocar una estatua suya en el Templo, aunque su muerte calmó la situación.

Tras la muerte de Herodes el Grande el año 39, Claudio designó como rey de los judíos a Herodes Antipas (41-44), a Herodes de Calcis y posteriormente a Herodes Agripa II, (48-100), séptimo y último rey de la familia Herodes.

Posteriormente hubo tres rebeliones:

  • En el año 66 estalló la primera Guerra Judeo-Romana, cuya causa fue la orden de Vitelio de adorar a los dioses romanos. Vespasiano y después su hijo Tito fueron enviados a sofocar la revuelta, destruyendo Jericó en 68, Jerusalén, cuyo Templo fue arrasado en el 70 y Masada en el 73. Se nombró un pretor y la X legión fue encargada de mantener el orden, quedando anulada la monarquía y encargado el Sanedrín, que fue trasladado a la ciudad de Yavne, de los aspectos religioso, político y judicial de la vida judía.
  • En 115 estalló una segunda sublevación, esta vez generalizada entre los judíos de todo el oriente del Imperio, comenzando en Cirene. En el 118 el emperador Adriano prometió autorizar la reconstrucción del Templo, lo que calmó la revuelta.
  • Entre 132 y 135 d. C. estalló una tercera guerra debido a las leyes de Adriano, que prohibió el Brit Milá, la celebración del Shabat y las leyes de pureza en la familia, así como por el rumor de que se iba a construir un templo en honor a Júpiter en el solar del Templo. Después de la derrota de los judíos, Adriano dictó varias normas para humillarlos y evitar nuevas sublevaciones: Jesusalén pasó a llamarse Aelia Capitolina y la provincia Syria Palaestina (Siria Palestina) en lugar de Judea. También se prohibió a los judíos vivir en Aelia Capitolina y la religión judía quedó prohibida. Los judíos permanecieron en Galilea, en los Altos del Golán, en el sur del antiguo reino de Judá y en alguna otra zona.
La destrucción de Judea y el que gran parte de la población judía fuera asesinada, esclavizada o exiliada, y la religión judía prohibida, trajo consigo que la autoridad religiosa pasara del Templo a los rabinos, que recogieron sus interpretaciones sobre el Tanaj en el Talmud: los que permanecieron en la recién creada provincia romana de Palestina lo hicieron en el Talmud de Jerusalén (Talmud Yerushalmi), y los exiliados en el Talmud de Babilonia (Talmud Bavli), que fue redactado en esa ciudad.

Los judíos fueron aceptados en el Imperio romano e incluso llegaron a ser ciudadanos, pero con la llegada del cristianismo las restricciones crecieron. Las expulsiones y persecuciones forzadas dieron lugar a cambios substanciales en los centros de la vida judía a los que las comunidades de lugares alejados seguían, aunque no se mantuvo la unidad debido a la dispersión. Hubo asentamientos en todas las provincias romanas de Oriente Medio, Europa y África.

Era política oficial el convertir a los judíos al cristianismo (catolicismo para ser exactos), y se utilizó el poder oficial de Roma en estas tentativas. En el 351 los judíos se rebelaron contra las presiones de su gobernador, Gallus. Gallus aplastó la rebelión y destruyó las principales ciudades de Galilea, donde la rebelión había comenzado. Tzippori y Lydda (sitio de dos de las academias legales principales) nunca fueron reconstruidas.

En este período el Nasi del Sanedrín, Hillel II creó un calendario oficial basado en cálculos matemáticos y astronómicos y que prescindía de las observaciones empíricas de que se valieron hasta entonces. También entonces la academia judía de Tiberius comenzó a redactar la Mishnah, bajo la dirección de Yehudah Ha-Nasi. El texto está organizado de forma que cada párrafo de Mishnah fue seguido por una compilación de todas las interpretaciones, historias y respuestas asociadas a ese Mishnah.

Los judíos de Judea recibieron un breve respiro en la persecución oficial durante el reinado del emperador Juliano, que animó a los judíos a reconstruir Jerusalén. Su breve reinado impidió la realización de esta promesa antes de que el cristianismo fuese de nuevo impuesto en el imperio. En el 398 fue consagrado Patriarca Juan Crisóstomo, que hizo una serie de sermones contra los cristianos judaizantes que construirían un clima de desconfianza y odio en los establecimientos judíos grandes, tales como los de Antioquía y Constantinopla.

En el siglo V, Teodosio I convirtió el cristianismo en religión oficial del Imperio, prohibiendo a los judíos el tener esclavos, construir sinagogas nuevas o acceder a cargos públicos. El matrimonio entre judíos y cristianos se consideraba delito capital, al igual que un cristiano se convirtiese al judaísmo. Teodosio eliminó el Sanedrín y suprimió el puesto de Nasi. Con Justiniano I las autoridades restringieron los derechos civiles de los judíos y amenazaron sus privilegios religiosos. El emperador también interfirió en los asuntos internos de la sinagoga prohibiendo, entre otras cosas, el uso de la lengua hebrea en la adoración divina.

Justiniano y sus sucesores tenían abandonada la provincia de Judea, por lo que, irónicamente, en el siglo VI se construyeron allí sinagogas nuevas con los suelos cubiertos de hermosos mosaicos. Los judíos asimilaron en sus vidas las formas de arte de la cultura bizantina, y en los mosaicos se muestran gentes, animales, menorahs, zodiacos y caracteres bíblicos. Ejemplos excelentes de estos suelos se han encontrado en Beit Alpha (que incluye la escena de Abraham sacrificando un carnero en lugar de a Isaac, junto con un zodiaco magnífico), Tiberius, Beit Shean y Tzippori.

Como consecuencia de la diáspora, un gran número de judíos se instalaron en la península arábiga, lejos del control romano que, tanto en su época pagana como en la cristiana, los perseguía. Su vida fue también inestable allí: tras la muerte de Mahoma a mediados del siglo VII fueron expulsados de la Arabia occidental.

Peor les fue cuando las cruzadas cristianas conquistaron Jerusalén en 1099, ya que fueron considerados deicidas y, en muchos casos, masacrados. No había habido un movimiento general contra los judíos por parte de los cristianos desde las conversiones forzosas del siglo VII, salvo algunas persecuciones locales, hasta que el Papa Urbano II despertó las bajas pasiones del populacho, que se movilizó contra los judíos.

El antisemitismo era evidente; así, Godofredo de Bouillón:

«...juró que él no abandonaría la Cruzada antes de vengar la sangre de Cristo (con los judíos)... de modo que allí no pudiera seguir vivo ningún resto de ellos».

El emperador Enrique IV (al ser avisado de este compromiso por Qalonymus (dirigente judío de Maguncia), publicó una orden prohibiendo tal acción; Godofredo aseguró que nunca se propuso matar judíos, aunque había admitido un soborno de las comunidades judías de Maguncia y Colonia, que le enviaron 500 marcos de plata cada una.
Los judíos siguieron controlando parte del comercio en Palestina y prosperaron bajo la institución del dhimmi. A pesar de ser ciudadanos de segunda, no sufrieron ninguna persecución, ya que los preceptos sobre dieta e higiene eran parecidos y, lo que no es menos importante, nunca fueron una amenaza política. Los judíos se adaptaron al mundo árabe, aprendieron el idioma y se encontraban en todos los escalones de la escala social, incluso en la corte.  Culturalmente continuaron evolucionando; por ejemplo, el sistema niqud fue desarrollado en Tiberíades durante el califato.

Los judíos han vivido en Asia Menor durante más de 2400 años. La prosperidad inicial en épocas helenísticas se deterioró bajo los bizantinos, pero se recuperó bajo los varios gobiernos musulmanes. Durante el período otomano, Turquía era un asilo seguro para los judíos que huían de la persecución, y continúa teniendo una pequeña población judía hoy en día.

Cuando se libró la batalla de Yarmuk y el Levante pasó a poder otomano, había comunidades judías en muchas poblaciones. Entre ellas Safed, que se convirtió en un centro espiritual para los judíos y en donde fue compilado el Shulján Aruj y otros textos cabalísticos. El primer periódico hebreo comenzó a editarse en el Imperio en 1577.

Como en el resto de los países musulmanes, los judíos fueron bien tratados en Al-Ándalus, experimentando una Edad de Oro entre los años 900 y 1100, en el Califato de Córdoba. También eran aceptados en la corte de algunos reyes cristianos, como en la de Alfonso X.

A partir del siglo XI hubo alborotos que obligaron a los judíos a refugiarse en guetos, sobre todo en Marruecos, Libia y Argelia. Asimismo hubo varias persecuciones por parte de los musulmanes, como en Córdoba en 1011 y en Granada en 1066. Se dictaron decretos que pedían la destrucción de sinagogas en Egipto, Siria, Iraq y Yemen, y en algunos casos forzaron a los judíos a convertirse al Islam. Los almohades, que conquistaron la península Ibérica en 1172, fueron fundamentalistas que trataron mal a los dhimmis. Expulsaron a judíos y cristianos de Marruecos y de Al-Ándalus, con lo que muchos huyeron al este a tierras más tolerantes, como Maimónides.

En los reinos cristianos de la península la situación se fue deteriorando con el tiempo, hasta llegar a la expulsión de 1492. Estos expulsados son los sefarditas, y mantienen vivo el ladino, un lenguaje derivado del antiguo castellano. Los judíos que se quedaron fueron obligados a convertirse al catolicismo y fueron víctimas frecuentes de la Inquisición.

Ha habido poblaciones judías en Europa desde épocas muy tempranas, especialmente en la zona que formó parte del Imperio romano, constituidas por conversos al judaísmo, comerciantes y, más adelante, por los judíos expulsados por Adriano. Según James Carroll, los judíos constituían el 10% de la población total del Imperio romano. Según esta proporción, y si no hubieran intervenido otros factores, hoy habría 200 millones de judíos en el mundo en vez de algo más de 13 millones.

Hay registros de comunidades judías en Francia y Alemania a partir del siglo IV, y comunidades judías en España desde épocas anteriores. Generalmente, fueron perseguidos. Puesto que eran los únicos a quien les estaba permitido prestar dinero con interés, algo (prohibido a los católicos por la Iglesia), algunos judíos se convirtieron en importantes y conocidos prestamistas. Los reyes cristianos comprobaron la ventaja de tener unos súbditos que pudieran proveerles de capital para su uso sin ser excomulgados, así que el comercio de dinero en la Europa occidental recayó en manos de los judíos.

Las persecuciones fueron más intensas a partir de la Primera Cruzada y fueron seguidas por expulsiones. Los judíos expulsados de Francia (1396) y Austria (1421) huyeron a Polonia; son los askenazíes, que hablan yidis, lenguaje derivado del alemán. La mayoría de los cerca de 200.000 sefarditas se refugiaron en el Imperio otomano, Holanda y África del norte.

Países que expulsaron a los judíos de sus territorios:

País
S.  XI
S.  XII
S.  XIII
S.  XIV
S.  XV
S.  XVI
Francia

1182

1306
1321
1394
1396


Provenza




1430

Gales


1290



Inglaterra


1290



Alemania



1348

1510
1551
Silesia

1130


1494

Austria




1421

España




1492

Cerdeña




1492

Sicilia




1492

Portugal




1492

Estados Pontificios





1569
1599
Túnez





1535
Ucrania




1435
1495

Crimea
1016


1350


Hungría



1349
1360



Como consecuencia, en el siglo XVII casi no vivían judíos en la Europa occidental. La tolerante Polonia tenía la mayor población judía de Europa, pero la tranquilidad acabó tras la sublevación de los cosacos en 1648 y las guerras suecas de 1655.

Durante el Renacimiento y la Ilustración hubo cambios en la comunidad judía. La Haskalá fue paralela a la Ilustración, pues los judíos comenzaron en 1700 a hacer campaña para integrarse en la sociedad europea. La educación secular y científica se agregó a la instrucción religiosa tradicional y el interés por una identidad judía nacional, y comenzó un interés por el estudio de la historia judía y del hebreo. La Haskalá dio a luz tanto a movimientos reformistas como conservadores y plantó las semillas del sionismo al mismo tiempo que animaba a la asimilación cultural dentro de los países en los cuales residían los judíos.

Al mismo tiempo surgía el Judaísmo jasídico, predicado por el rabino Israel ben Eliezer, que reclamaba el seguimiento estricto de los preceptos de la Toráh. Estos dos movimientos, haskalá y jasidismo, formaron la base de las divisiones modernas dentro de la sociedad judía.

Mientras cambiaba el mundo interior en las comunidades judías, comenzaron las discusiones para aplicarles la desigualdad de derechos políticos. El primer país en hacerlo fue Rumania, durante la revolución de 1789. Incluso así se esperaba que los judíos se integraran, abandonando sus tradiciones. Esta ambivalencia se demuestra en el famoso discurso de Clermont-Tonnerre ante la Asamblea Nacional en 1789:

«Debemos rechazar contundentemente a los judíos como nación, y aceptarlos como individuos. Debemos retirar el reconocimiento de sus jueces: deben solamente tener nuestros jueces. Debemos rechazar la protección legal al mantenimiento de unas supuestas leyes judías; no se debe permitir que formen dentro del Estado un cuerpo político o una orden aparte. Deben ser ciudadanos individualmente. Pero, algunos me dirán, ellos no desean ser ciudadanos. ¡Fuera entonces! Si no desean ser ciudadanos, deben decirlo así, y entonces los desterraremos. Es repugnante tener dentro del Estado una asociación de no ciudadanos, una nación dentro de la nación»

Aunque todavía había persecuciones esporádicas, la emancipación se extendió a través de Europa, por la invitación de Napoleón a abandonar los guetos amparados en el Código Napoleónico. Antes de 1871 cada país europeo, excepto Rusia, había emancipado a sus ciudadanos judíos.

A pesar de la integración surgió una nueva forma de antisemitismo, basado en las ideas de la raza y del nacionalismo más que en el odio religioso de la Edad Media. Esta teoría sostuvo que los judíos eran una raza separada e inferior de la gente aria de la Europa occidental, y motivó la aparición de partidos políticos en Francia, Alemania, y Austria-Hungría que hicieron campaña para anular la emancipación. El episodio más conocido es el caso Dreyfus, en Francia. Estas persecuciones, junto con pogromos patrocinados en Rusia por el Estado, llevaron a un gran número de judíos, como a Theodor Herzl, a creer que solamente estarían seguros en su propia nación.

Al mismo tiempo, la migración judía a los Estados Unidos creó una nueva comunidad liberada de las restricciones existentes en Europa. Alrededor de 2 millones de judíos llegaron a EE UU entre 1890 y 1924, la mayoría desde Rusia y la Europa Oriental.

Aunque los judíos se integraron cada vez más en Europa, luchando con sus países de origen en la Primera Guerra Mundial y formando parte de los movimientos artísticos y culturales de los años 20 y 30, el antisemitismo racial permanecía. Alcanzó su forma más virulenta en la matanza de alrededor de seis millones de judíos durante el Holocausto, borrando una historia de 2000 años.
El 29 de noviembre de 1947 las Naciones Unidas aprueban la creación de un Estado judío y otro árabe en el Mandato Británico de Palestina, y el 14 de mayo de 1948 el Estado de Israel se declara independiente, representando la primera nación judía desde la destrución de Jerusalén. Andréi Gromyko, embajador de la URSS en la ONU, propone que Israel sea aceptado como miembro de pleno derecho. El pleno de la ONU lo aprueba.

El día siguiente, 15 de mayo de 1948, comienza la guerra árabe-israelí, al no aceptar los países árabes la declaración unilateral de Israel. Fue la primera de las subsecuentes guerras entre Israel y sus vecinos árabes, que han traído el éxodo de los palestinos y la persecución de los casi 900.000 judíos que vivían en países árabes.